Joaquín Sorolla en Sevilla. Jardín esencial y felicidad solar.

Este post parte de una premisa fundamental: la condición como pintor de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 – Madrid, 1923) está indisolublemente unida al paisaje, tema que recorre toda su dilatada carrera. Paisajes sublimes relacionados con la naturaleza más escenográfica -Sierra Nevada, costa de Euskadi, anchos campos de Castilla-, paisajes regionales -obras para la Hispanic Society of América de Nueva York-, jardines ocultos de Andalucía -Alcázar de Sevilla, Patio de los naranjos de la Mezquita de Córdoba, Alhambra de Granada-, universo mediterráneo -arenas blancas y playas levantinas- o encuadres urbanos y paisajes humanos, como los realizados sobre numerosas ciudades españolas.

Pintor preocupado por las sensaciones lumínicas, por la relación entre la materia-color y sus reflejos atmosféricos, Sorolla destacará por sus composiciones plenas de modernidad. Construirá desde la luz encuadres casuales a modo de testigo fortuito, captando impresiones accidentales en obras, sin embargo, extremadamente planificadas. Inevitablemente, quedará preso, atrapado, cautivo de la luz del Sur.

Sorolla llega a Andalucía por primera vez en 1902. Visita Sevilla, Granada, Córdoba y Cádiz, sin producir obra alguna. Son tiempos para investigar encuadres típicos para su incansable búsqueda de un «paisaje español», expresado este último en sus distintas variantes regionales. Esta primera experiencia andaluza no resultaría satisfactoria personalmente para el pintor valenciano; en su segundo viaje de 1908 llega a comentar que detesta los toros, le marean los flamencos y «no soporta a los andaluces». Sin embargo, una emoción cambiará el destino de Sorolla: el motivo de esta segunda estancia en Sevilla será la realización de diversos retratos reales por encargo de Alfonso XIII, visitando entonces el Alcázar. Allí sucede el milagro: se enamora de los jardines, quedando seducido por la luz y atmósferas del palacio. Se reencuentra así con Andalucía y empieza un idilio que durará hasta su muerte.

Los viajes al Sur se suceden. En 1909 visita Granada, quedando envuelto por los paisajes de Sierra Nevada y los jardines de la Alhambra. En 1910 vuelve a Sevilla buscando nuevos rincones de los jardines hispalenses. En 1914 lo vemos en la Semana Santa sevillana tomando notas y dando al mundo obras ya comentadas en el Blog (ver el cuadro de Los Nazarenos y otras pinturas neoimpresionistas de la Semana Santa). En 1916 y 1917 está de paso por Sevilla camino de Granada. Y en 1918 lo tenemos por última vez en Andalucía, donde termina la serie de los jardines del Alcázar. Está tan embriagado de aromas y sensaciones lumínicas, que estos vergeles sevillanos llegarán, incluso, a inspirar el diseño de su casa de Madrid, hoy Museo Sorolla.

En el Alcázar buscará incansablemente rincones íntimos, encuadres instantáneos, para, desde un punto de vista esencialista -menos es más- revelar el alma de los patios, glorietas y espacios domésticos del recinto palatino. El agua, la vegetación, los reflejos, los sencillos paramentos, el olor, el juego del sol con las sombras… nada se le escapa a Sorolla. Todo lo revela en obras de un esencialismo y luminismo casi metafísico. Basta con ver Alberca del Alcázar de Sevilla, de 1918, para sentir cómo con pocos elementos se puede transmitir tanto, es decir, la esencia misma del jardín andaluz. Un sencillo encuadre, un muro encalado, un arco reflejado en un estanque, unos geranios rojos que incitan que nuestro interés llegue hasta el plano de fondo… y la luz.

Joaquín Sorolla, Alberca del Alcázar de Sevilla, 1918. Óleo sobre lienzo, 71,5 x 52 cm. Madrid, Museo Sorolla.

Nuestro post se centra ahora en una de las obras menos conocidas del Sorolla sevillano. Se trata de la Vista de Sevilla desde el puente de Triana, creada en su segundo viaje de 1908 y hoy en la Colección Pons Sorolla. En esta obra puede comprobarse la influencia del movimiento fauvista -ya vimos la estancia en 1910 de Henri Matisse en Sevilla-, que se observa por la importancia que adquiere la materia y el color -domina la pincelada abocetada y suelta, empastada y matérica-. Pero, al margen del cromatismo, Sorolla explora en este lienzo los siguientes argumentos:

  • Marco monumental de la capital de Andalucía. El pintor sigue en este caso las tradicionales vistas geográficas de la Sevilla de los siglos XVI y XVII, siempre retratada desde Triana -esta última a modo de mirador-, con el protagonismo del río y la vida portuaria, y, como fondo teatral, la silueta de la ciudad dominada por la Giralda.
  • Encuadre fotográfico. Sorolla se aproxima a una concepción moderna, aparentemente instantánea, en esta visión de la ciudad del Guadalquivir. En este sentido, cabe destacar el punto de vista alto y oblicuo típico de las vistas urbanas de los impresionistas franceses.
  • Paisaje humano, retratado en este caso desde un lugar muy concurrido, que no es otro que el Altozano trianero. Personas que van y vienen; grupos que se dirigen al puente para ir de Triana a Sevilla; transeúntes urbanos.
  • Luz de Sevilla. Lo más bello del cuadro es cómo el pintor capta y nos revela la atmósfera, la luz, los reflejos del paisaje urbano. Es la plenitud del Mediodía. La luminosidad de Andalucía. La felicidad solar de Sevilla.

Cuando contemplen la ciudad desde el Altozano, piensen en la luz de Sorolla. Yo lo hago frecuentemente al cruzar el puente de Triana, compartiendo con los amigos fotografías de este paisaje universal realizadas con el móvil. Cada día es diferente. Afortunadamente, mirar es gratis. Todavía.

NOTA: próximamente realizaremos diversos posts sobre Sorolla y los jardines de Granada, Córdoba y Sevilla. En este sentido, espero que pronto -si la COVID 19 lo permite- podamos realizar el Paseo de Sorolla por los jardines del Alcázar de Sevilla.

Joaquín Sorolla, Vista de Sevilla desde el Puente de Triana, 1908. Colección Pons Sorolla.

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