Manuel Cabral Bejarano, «Después de la Procesión», 1865

En distintas entradas del Blog nos hemos referido a la visión romántica de la Semana Santa de Sevilla, con pintores costumbristas como José García Ramos -Colección Bellver- o Alfred Dehodencq -Museo Thyssen Málaga-. En este caso nos acercamos a la figura de Manuel Cabral Bejarano (Sevilla, 1837-1891), destacado miembro de la escuela romántica sevillana de segunda generación, formado al calor de su padre Antonio Cabral Bejarano y de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. Su obra está marcada por interiores tópicamente andaluces como tabernas y personajes populares pintorescos, estos últimos muy atractivos para nutrir obras románticas muy del gusto de la burguesía local y española del periodo isabelino, además de unos clientes europeos que compraban cuadros de pequeño formato a los viajeros que volvían de Andalucía.

En el lienzo titulado Después de la Procesión, de 1865 y hoy en la colección Antonio Plata, se representa una escena en la que, de una manera feliz y desenfadada, se retratan costumbres populares de algunas cofradías como, por ejemplo, el relajo de dos nazarenos tras una estación penitencial o, según vemos por la ventana, en plena procesión. La obra es ajena a toda crítica que desde el decoro cofrade podría realizarse sobre la actitud de estos dos nazarenos ya que, por el contrario, se representa con mucha frescura una situación anecdótica llena de gracia y muy atractiva.

El cuadro, ambientado en el interior de una taberna, tiene dos partes. La primera se sitúa a la derecha del espectador, donde vemos una mujer y dos hombres observando por la ventana el discurrir de unos nazarenos negros; una mesa con vino y viandas, además de un perro dormitando, terminan por conformar esta parte del cuadro. A la izquierda tenemos la escena más interesante: un tabernero y un cliente platican con dos nazarenos, el de blanco con antifaz levantado y bebiendo un vino o licor, y el de negro fumando un cigarro (ya pudimos ver el tabaco con la guardia romana que custodiaba al Cristo de las Penas en las maravillosas imágenes de los hermanos Lumière de 1898).

El tono descriptivo, la rigidez del dibujo o el estatismo de los arquetípicos personajes quedan salvados por el carácter amable y anecdótico de la escena, que hacen de esta obra una representación feliz y muy atractiva. La Semana Santa de Sevilla es mucho más grande y diversa que la que plantean muchos ortodoxos. Y es que ¿nunca han parado para ver a los Armaos de la Macarena tomando churros en la Encarnación en un ambiente amable, gozoso y real como la vida misma?

Manuel Cabral Bejarano, Después de la Procesión, 1865. Óleo sobre lienzo, 55 x 42 cm. Sevilla, colección Antonio Plata.

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