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La revolución botánica que cambió el mundo: jardines de aclimatación de la Sevilla del siglo XVI

En la Ruta de La Peste -quien iba a imaginar hace un año lo actual que es ahora este tema-, siempre formulo una serie de preguntas en la calle Sierpes que suelen sorprender a mis acompañantes. Son las siguientes: ¿imaginas las pizzas y la gastronomía italiana sin el tomate? ¿nuestros platos andaluces sin pimientos? ¿y la historia de Irlanda sin la patata? ¿Sevilla sin la cultura del tabaco? ¿Y la vida sin chocolate?

El sorprendido grupo alza la vista y comprueba gracias a una placa cerámica situada en el número 19 de la citada calle, que allí existió un jardín de aclimatación perteneciente a Nicolás Monardes (1493-1588), médico que cultivaba en este vergel las novedades botánicas del Nuevo Mundo. Gracias a sus tratados científicos, toda Europa conoció buena parte de las especies vegetales que transformaron para siempre la medicina, la jardinería, la gastronomía y, en definitiva, la vida cotidiana del Viejo Mundo. Se trataba de una revolución botánica en la que la ciudad de Sevilla tuvo capital importancia: por su puerto, por sus humanistas y científicos, y por sus jardines donde se aclimataban las nuevas plantas.

El trabajo más significativo y conocido de Monardes fue su Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, publicado en tres partes bajo diversos títulos en 1565, 1569 y 1574. Fue traducido al latín por el famoso médico francés Carolus Clusius y al inglés por John Frampton, mercader de origen británico asentado en Sevilla y Cádiz. Monardes estudiaba los productos y medicinas del Nuevo Mundo para explorar sus propiedades farmacológicas, diciendo curiosamente del tabaco lo siguiente:

“Esta yerba que comúnmente llaman tabaco es yerba muy antigua y conocida entre los indios, mayormente entre los de Nueva España; que después que se ganaron aquellos reinos por nuestros españoles, enseñados por los indios, se aprovecharon della en las heridas que en la guerra recibían, curándose con ella, con grande aprovechamiento de todos. De pocos años a esta parte se ha traído a España más para adornar jardines y huertos que con su hermosura diese agradable vista, que por pensar que tuviese las maravillosas virtudes medicinales que tiene. Agora usamos della más por sus virtudes que por su hermosura, porque cierto son tales que ponen admiración”.

Gracias a Monardes sabemos que entre las primeras especies en llegar a Europa estuvo el mechoacán, traída desde México por un fraile franciscano; o que el pimiento formaba parte de huertas y jardines, ya que en 1565 no había en Sevilla “ni huerta ni macetón que no la tenga sembrada”. Cultivó en su huerto estas nuevas plantas americanas y describió por vez primera muchas especies como el cardo santo, la cebadilla, la jalapa, el sasafrás, el guayaco, la canela de Indias o el bálsamo de Tolú, ilustrando también a los europeos sobre la piña tropical, el cacahuete, el maíz, la batata o la coca (ver este breve vídeo de la serie de La Peste).

Se trata de un gran médico que debe ser reivindicado por una ciudad a veces sólo conocida por artistas, escritores y nombres asociados a la cultura popular. La Sevilla científica tuvo un gran papel a lo largo del siglo XVI y Monardes es un gran ejemplo de esto que decimos. En homenaje a su vida y obras, la placa cerámica que ilustra esta Ruta de La Peste dice lo siguiente:

En este lugar estuvo situado el jardín botánico medicinal de Nicolás Monardes Alfaro (1493-1588), sevillano universal e introductor de la materia médica americana en Europa.

Placa cerámica homenaje a Nicolás Monardes (círculo verde), en el lugar donde se situaba su jardín de aclimatación (calle Sierpes, número 19).

El jardín de Monardes no fue el único existente en la Sevilla del XVI. Antes de este siglo, los jardines sevillanos se poblaban tradicionalmente con especies mediterráneas o del norte de Europa, junto a las procedentes de Asia que quedaron incorporadas a nuestra cultura por los romanos o los árabes, estos últimos por la vía andalusí y, también, por el intercambio derivado de las Cruzadas. Tras la fecha de 1492, los contactos de españoles y portugueses con América se tradujeron en el intercambio de especies, muchas de ellas cultivadas en los distintos jardines de aclimatación que se crearon en Sevilla.

En el primer viaje colombino se trajo maíz y pimientos; en el segundo llegaron casave y batatas. A mediados del XVI ya se cultivaban en Sevilla como ornamentales tabaco y girasol; y en 1573 hay constancia de cultivo de patata al incluirse en la dieta de los enfermos del Hospital de la Sangre. También se aclimataron chumberas, nardos, bálsamos, diversas palmas y palmeras americanas y, como especie simbólica de aquellos jardines botánicos sevillanos, el ombú. Fueron los jardines creados por científicos y humanistas los mejores recintos para albergar las nuevas especies, destacando los siguientes nombres según comenta Benito Valdés en su artículo “Los jardines botánicos de Sevilla”, publicado en 1995 (verlo completo en el Blog de José Elías Bonells, referente para los amantes de la Botánica):

  • Sauzedo (siglo XVI): corredor de la lonja de mercaderes, poseía un jardín en el que está documentado el cultivo de frambuesos.
  • Francisco Franco (1515- fin siglo XVI): intentó infructuosamente que el Ayuntamiento de Sevilla estableciera un jardín botánico similar al que Felipe II había fundado en Aranjuez en 1553.
  • Benito Arias Montano (1527-1597): mantuvo en una finca de su propiedad situada en las afueras de la ciudad un jardín botánico en 1592. Allí redacto su Naturae Historia, donde clasifica las plantas siguiendo la Biblia, y desde allí escribió en 1596 al citado botánico Clusius, que visitó este jardín en uno de sus viajes por España.
  • Simón de Tovar (principios siglo XVI-1597): médico y astrónomo al que se le atribuye, por ejemplo, la introducción del nardo, especie procedente de México. Tenía correspondencia con Clusius y su jardín tuvo gran importancia por las apreciaciones que hizo de él Felipe II.
  • Juan de Castañeda (fin XVI-XVII): médico del Hospital de los flamencos de Sevilla, vio cómo el Guadalquivir destruía su jardín botánico en 1604.
  • Rodrigo Zamorano (1542-1620): Cosmógrafo Mayor de las Indias, cuidó un jardín y tuvo también correspondencia con Clusius, al que enviaba muestras vegetales con asiduidad.

Pese a la importancia de los vergeles anteriores, el jardín científico más famoso fue el de Hernando Colón (1488-1539), humanista del Renacimiento, hombre de ciencia y erudito bibliófilo -este último aspecto será tratado específicamente en otro post-. Hijo natural del almirante Cristóbal Colón, llevó a cabo una ingente labor cultural, escribiendo una obra sobre la vida y viajes de su padre que hoy se conoce como Historia del Almirante, además de una Descripción y Cosmografía de España, esta última en el marco de un proyecto finalmente incompleto.

Al margen de su labor científica, geográfica y bibliófila, Hernando Colón destacó por su afición a la botánica y esas nuevas plantas que llegaban de América, cultivadas en un gran jardín que se ubicaba en el entorno de la actual calle San Laureano, junto a la antigua Puerta Real. Tuvo gran fama y era tan extenso que aparece con claridad en la universal Vista de Sevilla editada en 1588 en el Civitates Orbis Terrarum, el primer atlas de ciudades de la historia -una especie de Google Maps de la época-. Tras la muerte de Hernando Colón, el jardín y el palacio asociado comenzaron imparables su decadencia; muy deteriorado por las continuas avenidas del Guadalquivir, los escasos restos del conjunto quedaron destruidos definitivamente en el XIX por la construcción de la trama ferroviaria y las diferentes correcciones de rondas y avenidas.

Sevilla en el Civitates Orbis Terrarum (1588). El rectángulo rojo indica el lugar del jardín botánico de Hernando Colón, junto a la Puerta Real. Descarguen la imagen original en buena calidad desde la Cartoteca del Instituto Geográfico Nacional (con descripción de la vista urbana).

Aquel jardín de Hernando Colón fue famoso por un enorme ombú -Phytolacca dioica– tristemente desaparecido, aunque felizmente podemos ver hoy día a un hermano de aquel ejemplar en la Cartuja. Es lo que hacemos cuando realizamos la Ruta Gris del Agua de Emasesa, que esperamos retormar en otoño si el COVID-19 lo permite (pueden descargar el cuaderno aquí). Cuando realizamos esta Ruta del Agua accedemos al antiguo monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas por la Puerta del Río, construida en el siglo XVIII al modo de las haciendas de la campiña sevillana. Fue un acceso secundario para los monjes cartujos que, sin embargo, se convirtió en el siglo XIX en principal para la fábrica de loza; la familia Pickman diseñó por ello un paseo que permitía comunicar este acceso ribereño con el corazón del antiguo monasterio y la nueva fábrica.

En un despliegue de acacias, almeces, paraísos, falsas acacias, olmos y otras especies, este paseo nos conduce hacia el Monumento a Cristóbal Colón, alzado en 1887 con la intención de recordar para siempre la vinculación del almirante y su familia con el monasterio. Colón preparó aquí el cuarto viaje gracias a su amistad con el científico y astrónomo fray Gaspar de Gorricio, al que dejó como albacea en su testamento. Sus libros, mapas y buena parte de su herencia estuvieron depositados muchas décadas en el monasterio; los restos de su cuerpo descansaron en la Capilla de Santa Ana entre 1509 y 1536.

El recorrido de la Ruta Gris del Agua termina en el Ombú de Hernando Colón, que en el cualquier época del año sevillano ofrece su generosa sombra al paseante. Es un colosal arbusto, según la tradición plantado por el mismísimo hijo de Colón -bello diálogo entre padre e hijo, tan cercanos árbol y estatua-. Muchos dicen que no es más que una leyenda, aunque bien que pudo ser cierta por tres cuestiones: (i) el hijo natural de Colón fue un sabio del Renacimiento y ya tuvo, como vimos, su jardín botánico, (ii) tal como antes hablamos, su familia estuvo vinculada al monasterio cartujo y, por último, (iii) los monjes eran muy aficionados a acoger en sus huertos las novedades vegetales procedentes de un continente descubierto para Europa el 12 de octubre de 1492.

El ombú como especie vegetal, también llamado zapote o bellasombra, merece un monumento en Sevilla. Representa la ciudad puerto y puerta de América, a los sabios hispalenses del Renacimiento y los jardines botánicos que se crearon en aquella Nueva Roma. Procedente de Sudamérica, llega a Europa finales del siglo XV, contando hoy día con ejemplares centenarios en el Alcázar, el parque de María Luisa o los jardines de San Telmo. Su “bella sombra” acoge a todos los amantes de estas especies que llegaron a Sevilla cuando la Tierra comenzó a ser navegable desde todos los océanos. Ilustro mi admiración por este monumento vegetal con la mirada de Rafael Llácer -arquitecto y amigo- hacia el famoso ombú colombino.

Rafael Llácer, Ombú de Hernando Colón, 2017.

Para terminar este post, citaremos dos jardines de la Sevilla del siglo XXI, uno creado con motivo de la Exposición Universal de 1992, el segundo diseñado para un próximo futuro. El primero de ellos es el Jardín Americano, nacido en el contexto del proyecto Raices para la Expo 92, consistente en la creación de espacios verdes en Sevilla compuestos por especies originarias de América -llegó a contar este jardín con un total de 634 especies americanas diferentes-. Aunque hoy día se encuentra muy diezmado, aún podemos ver ejemplares de roble de Virginia, pacana, cedro real, palma real, quillay, palo de Campeche, tajy, algarrobo chileno, palo borracho, guano prieto, palmeto tala, timbú, ciprés de los pantanos o especies poco usuales de los géneros Opuntia, Cereus y Agave. El jardín se estructura en áreas singularizadas en función de sus elementos botánicos, como el Jardín de la Ciaboga, Jardín de Ribera, Jardín Acuático, Jardín de las Palmeras, Jardín de Cactáceas y Plantas Crasas, Muro Ajardinado, Jardín de la Esclusa y Pérgolas.

El segundo jardín es un proyecto del CSIC que se concretará en la parcela situada junto al Centro de Estudios Hispano Americanos, en la calle Alfonso XII. Aquí se ubicó en su momento el antiguo Jardín Botánico de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, creado en 1771 -duró hasta la segunda mitad del XIX- fruto de la Ilustración y aquellos viajes científicos patrocinados muchos de ellos por Carlos III. Hoy día hay proyectado un nuevo jardín americano, del que pueden tener abundante información en esta noticia de Diario de Sevilla.

NOTA FINAL: cuando vean estos bodegones de Sánchez Cotán, piensen en lo siguiente: ¿cuándo fue la primera vez que el arte occidental representó el tomate, el pimiento o la patata? Este tema será ya abordado en otra entrada del Blog.

Parcela del futuro jardín americano del CSIC (calle Alfonso XII). Fuente: Diario de Sevilla.

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