La ascética sencillez de tres bodegones de Juan Sánchez Cotán (1560-1627)

No hay obra más emocionante y bella en el Museo de Bellas Artes de Granada que el bodegón de Juan Sánchez Cotán, un artista bautizado el 25 de junio de 1560 en la localidad toledana de Orgaz y monje que terminó sus días un 8 de septiembre de 1627 en la Cartuja de Granada. Este pintor fue discípulo de Blas de Prado -primer bodegonista español documentado, aunque no se hayan conservado obras del mismo-, vivió y trabajó en Toledo, hasta que a la edad de 43 años tomó una decisión capital en su vida: abandona la ciudad imperial para profesar en septiembre de 1604 como hermano lego en la Cartuja granadina. Su carácter ascético y la filosofía de la sencillez que practica fueron ingredientes fundamentales a la hora de tomar esta vital decisión. Su austeridad ya se reflejó en los bodegones que pintó antes de hacerse cartujo y que mostramos en esta entrada del Blog. Aunque Cotán también cultivó distintos géneros pictóricos, como retratos o composiciones religiosas, su principal aportación a la pintura fue la fijación del modelo de bodegón más característicamente español.

La reprodución veraz de los objetos inanimados se denomina técnicamente representación de naturalezas muertas. Fue un género que se desarrolló en Europa de manera autónoma -como tema central de una obra y no como parte de un cuadro con otros objetivos- desde finales del siglo XVI para alcanzar su máximo esplendor a lo largo del XVII. La insistencia española en representar alimentos y objetos de cocina hizo que este género se denominara en nuestro país con el término de bodegón. Considerado en su época como un género menor, al no representar ningún tema solemne o de historia, fue sin embargo clave a la hora de que los pintores practicaran el arte de la pintura y perfecionaran su técnica, ya que con las naturalezas muertas los artistas estaban libres de las ataduras iconográficas impuestas por el Concilio de Trento o los deseos del comitente que encargaba la obra.

Los primeros bodegones españoles que se conservan son obra de Cotán. Su sencillez y austeridad contrastan con los ampulosos bodegones franceses y flamencos de la época, transmitiendo en este caso la belleza de lo cotidiano y, sobre todo, revelando la presencia de Dios en las cosas más sencillas y humildes. En una ventana o alféizar se presentan alimentos básicos, retratados de forma alineada, algunos sobresaliendo del borde arquitectónico y dignificados todos ellos por la luz más divina. Se trata de frutas y hortalizas, con alguna pieza de pluma o caza, víveres que se disponen en una composición geométrica y con un punto de vista alto. Una propuesta ascética inspirada en el pensamiento místico que giraba alrededor de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, apuesta vital muy alejada del lujo y despilfarro de las cortes, nobleza y alto clero de la época.

Los tres bodegones de Cotán que vemos en el Blog datan del año 1602, poco antes de su decisión de hacerse cartujo en Granada. El primero de ellos tiene por nombre Bodegón del cardo, máxima expresión de la filosofía ascética que planteamos, una obra plena de sabiduría, sobriedad y emoción -parece incluso una pintura actual-, donde llama la atención la humildad con la que se presentan unos objetos que el pintor trata como auténticos retratos. Como dice la Web del Ministerio de Cultura, cabe destacar la disposición de los alimentos «en un solo plano paralelo al espectador, tan practicada después por otro cartujano, Zurbarán; el sutil ritmo de la composición, que hace que se hable de la música en la pintura de Cotán; su fantástica técnica de las calidades, que estimula incluso la sensación táctil; la intensa luz, que da cuerpo y relieve a los objetos; la sobriedad en los tonos» (ver Web Ministerio de Cultura). Un bodegón de cardo y zanahorias que, repito, fue lo más bello que ví en el museo granadino (consulten también el Blog de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía).

Juan Sánchez Cotán, Bodegón del cardo, 1602. Óleo sobre lienzo. 62 x 82 cm. Granada, Museo de Bellas Artes.

La segunda obra se llama Bodegón con membrillo, repollo, melón y pepino, en palabras de algunos autores el retrato de una realidad casi congelada, de enorme severidad, con humildes alimentos que, bajo una luz muy fría, comparten el espacio sobre la oscuridad absoluta del fondo. Al margen del membrillo y el repollo -suspendidos en el lienzo-, sobre el alféizar podemos admirar, humildes y geométricamente dispuestos, un pepino, un melón y una tajada del mismo. Cada pieza se encuentra iluminada y dignificada como objetos únicos y autónomos, a modo de dones divinos.

Juan Sánchez Cotán, Bodegón con membrillo, repollo, melón y pepino, 1602. Óleo sobre lienzo, 69 x 84 cm. San Diego, California, Museo de Bellas Artes.

Y, por último, el tercer cuadro de Juan Sánchez Cotán se titula Bodegón de caza, hortalizas y fruta, donde se sintetizan las claves del bodegón español: sobriedad, intimismo, pureza mágica, intensidad misteriosa, elegancia en la sencillez o humildad simbólica. En esta obra, nuestro cartujo «dibuja un geométrico hueco pétreo, posiblemente un armario para conservar los alimentos frescos cuyo fondo negro hace resaltar con fuerza los elementos elegidos, minuciosamente pintados y poderosamente iluminados por una luz lateral que arroja contundentes sombras. Manzanas y limones, zanahorias y rábanos, perdices y pajaritos y un portentoso cardo, se disponen en rítmico enlace hasta crear una ilusión perfecta, una intromisión visual en la realidad cotidiana que alcanza con Sánchez Cotán una fuerza tenebrista que se anticipa a Caravaggio» (ver texto Web del Prado).

Sencillez, austeridad, ascetismo. Frutas, hortalizas, piezas de caza. Buena lección en tiempos de Coronavirus, donde el confinamiento y la privación nos hace de nuevo valorar la belleza de lo más cotidiano y humilde, lejos de las presuntuosas superficialidades y frivolidades propias de la Posmodernidad. Próximamente hablaremos de otro maestro: Francisco de Zurbarán.

Juan Sánchez Cotán, Bodegón de caza, hortalizas y frutas, 1602. Óleo sobre lienzo, 68 x 88,2 cm. Madrid, Museo del Prado.

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