Josefa de Óbidos, una pintora sevillana triunfante en Portugal

En este Blog hemos recordado la vida y obras de varias mujeres dedicadas al arte que tuvieron que luchar contra todo un patriarcado artístico. Es el caso de Artemisia Gentileschi -con un cuadro en la Catedral de Sevilla- o Sofonisba Anguissola -presente junto a Lavinia Fontana en una exposición en el Museo del Prado recientemente clausurada-. También hablamos en su día de Doña Guiomar Manuel, una mujer adelantada a su tiempo, mecenas y protectora de los más desfavorecidos, que impulsó a principios del siglo XV el abastecimiento de agua en la cárcel de Sevilla.

Hoy nuestro homenaje es para Josefa de Óbidos (1630-1684), hija del pintor portugués Baltasar Gómes Figueira y la sevillana Catalina Ayala y Cabreira, nacida y bautizada en Sevilla con el nombre de Josefa de Ayala en una ceremonia en la que el padrino fue nada más y nada menos que Herrera el Viejo. Su familia se traslada en 1636 a la localidad portuguesa de Óbidos, ciudad en la que Josefa se iniciará en el arte de la pintura a la sombra de su padre. Con treinta y un años adquiere el status jurídico de «emancipada«, montando entonces un taller propio que le permitió cobrar por sus obras y conseguir una independencia económica que le garantizó plena libertad personal. Murió rica a los 54 años, dejando establecido que su herencia nunca fuera a parar a manos de un hombre.

Josefa pintó especialmente obras de pequeño formato donde domina el sentido decorativo de sus famosos ornatos florales. Un auténtico despliegue botánico de guirnaldas, festones, flores y ramos invadirán en sus cuadros los espacios sagrados y profanos, constituyendo la obra de esta pintora sevillano-portuguesa una metáfora del jardín interior alusiva al alma. Sus bodegones florales guardan estrecha relación con los de Zurbarán, aunque Josefa otorga a sus composiciones una mayor dulzura, adelantando así el gusto rococó. Descubran la vida y obras de esta pintora apasionante en este reportaje de El País.

En la obra de Josefa de Óbidos abundan frutas y flores, con dulces composiciones que adelantan el gusto rococó en Portugal.

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