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Fundamentos y estructura del jardín meridional en la obra de Diego Blázquez

Si me perdiere en Sevilla, atravesad el Patio de Banderas, seguid túnel adentro y, desdeñando sombras de don Fadrique y de don Pedro, buscadme en los jardines del Alcázar. Me hallaréis a la sombra apasionada del amargo naranjo o la palma real, gozando una sospecha de perfume de Indias y pensando que después de todo no sabremos jamás lo que es la vida.

Gerardo Diego, El jándalo (Sevilla y Cádiz), 1964.

Pasear por los jardines del Alcázar de Sevilla constituye, además de una delicia para los sentidos, un auténtico viaje por la esencia y fundamentos del jardín meridional, heredero de la huerta mediterránea y máxima expresión del deseo continuo de volver al paraíso primigenio. Con este post quiero dar mi agradecimiento a Diego Blázquez por su cariño y amistad, por su colaboración en mi libro Pasear Sevilla. El espíritu del jardín y, además, por todo lo que su obra me ha enseñado del infinito universo de los jardines del Sur.

Diego Blázquez, nacido en Sevilla en 1964, es profesor titular de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Perteneciente al grupo de investigación denominado Morfología de la Naturaleza, su línea de trabajo está enfocada al paisaje, tema que subyace en los diferentes estilos por los que ha transitado, y, como él mismo reconoce, «con lo que todo eso conlleva respecto a la luz, color, estructura y orden, siempre desde el recuerdo y la experiencia vital del jardín familiar diseñado por Jean-Claude Forestier, ubicado en la vega de Carmona».

La primera de las dos obras que veremos, titulada Jardín del Patio de los Levíes del Alcázar, nos conduce a patios ajardinados por Romero Murube, donde duerme el sueño del jardín sevillano con abigarrados rincones de lantanas, hiedras, jazmines, buganvillas o bignonias. Se trata del jardín recreado a mediados del siglo XX por el antiguo conservador del Alcázar, que hoy lleva por nombre Patio de los Levíes, debido al traslado a este enclave de los antiguos mármoles del desaparecido palacio de los Levíes.

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Diego Blázquez, Jardín del Patio de los Levíes del Alcázar, 2014. Acrílico sobre tabla, 38 x 46 cm.

En este acrílico se observan a la perfección los siete elementos fundamentales del jardín meridional, conocidos por nuestro poeta y jardinero Romero Murube a la hora de crear y soñar estos patios ajardinados. Siete claves que ya se esbozan en estas clarificadoras palabras de su obra Los cielos que perdimos, de 1964:

Si un jardín puede ser manifestación genuina de un pueblo, de una ciudad, de una familia, incluso de un hombre, ¿cómo ha de ser el jardín que encierre la esencia de Sevilla?

El primer elemento que vemos en el cuadro de Diego Blázquez se relaciona con el jardín cerrado u hortus conclusus, y no es otro que el muro, la tapia, la CERCA, elemento clave y definidor del paraíso meridional al delimitar el espacio regado de la aridez exterior. De color inmaculadamente blanco o cubierto de trepadoras, sencillo o sofisticado por diversos artificios arquitectónicos -como galerías y arcos en los patios más refinados-, el jardín sureño siempre tiene unos límites precisos. Un compás, un patio, una huerta cercada o un claustro son ejemplos de estos paraísos interiores que podemos ver por toda la ciudad histórica, desde el Alcázar hasta los innumerables conventos, desde los corrales de vecinos a la Casa de Pilatos.

La cerca crea un límite y envuelve el jardín. La arquitectura siempre está presente, poniendo en entredicho la “clorofílica” idea actual de que un jardín es sólo vegetación o “lo verde” en sentido botánico o ambiental. La arquitectura otorga prestancia al jardín mediante arcos y galerías, lo hace confortable con pavimentos para que el hombre pise cómodamente los circuitos establecidos, lo embellece con recursos cerámicos y escultóricos, lo dota de miradores para la contemplación y el deleite, en definitiva, hace del vergel un lugar aún más amable, bello y confortable.

El segundo de los elementos esenciales es la TIERRA, base y sustrato de toda la vegetación del jardín. Sevilla goza de ricos y arcillosos suelos de vega que siempre posibilitaron el cultivo de variadas especies. La tierra suele estar presente en la misma estructura del jardín, pero hay veces que un patio no tiene arriates, ni cuadrantes de vegetación, ni arcillas y limos, mostrando sólo el frío mármol o los cálidos pavimentos de barro. En tales casos, la tierra se refugia en recipientes o macetas, que transforman aquellas áridas estructuras arquitectónicas en un jardín. Macetas en el alféizar de una ventana para un jardín vertical a la andaluza; macetas en una azotea para jardines aéreos; macetas para un patio que se transforma en vergel. Aunque también hay una leyenda menos idílica, que cuenta como el cruel Almotadid, padre del rey Almutamid, coleccionaba los cráneos de sus enemigos vencidos disponiéndolos en su Alcázar como macetas. Muerte y belleza. Paradojas del jardín.

El tercero de los elementos es el AGUA, que vemos de manera siempre contundente en la obra de Diego Blázquez. Sin ella no se concibe un jardín en el Sur. Sus sonidos y reflejos son sencillos adornos ante el papel fundamental que ejerce, y que no es otro que el de posibilitar el jardín mismo. Fuentes y surtidores, albercas y pozos, acequias y regueras, son términos asociados siempre al agua que riega la huerta y que se vincula a la felicidad y la vida.

En cuarto lugar, la VEGETACIÓN. Así como en otras culturas puede haber jardines sin plantas, en Occidente no se concibe el jardín sin ellas. En los jardines cerrados de Sevilla se presenta una vegetación principalmente de huerta, que nos regala sabores con sus frutos, olor con sus flores y alegra la vista con sus formas y colores, estos últimos en algunas especies con claros verdes en primavera, recios y serios verdosos en el estío, rojos encendidos en otoño e invierno.

La LUZ sería el quinto elemento esencial. Jardín mañanero, jardín vespertino, jardín nocturno. Todos ellos bajo la luz de un “cielo privado”, aquel delimitado por la cerca y la tapia, perfectamente rectangular en los jardines islámicos, más cuadrados en los de tradición cristiana. En Sevilla la luz es claramente atlántica, de un Océano situado más allá de las Columnas de Hércules, una luz gaditana que la Tacita de Plata presta a la ciudad hispalense y que ya asombró a los romanos.

No es de extrañar la abundancia en estas tierras de nombres tan luminosos como el del Santuario de la Virgen de la Luz en Tarifa (Cádiz) o el antiguo Monasterio de la Luz en Lucena del Puerto (Huelva). En este contexto geográfico, cabe destacar los paralelismos existentes entre la obra de Diego Blázquez y la de Guillermo Pérez Villalta, ambos artistas siempre atentos a la tradición mítica, cultural y geográfica del Mediterráneo. Para profundizar en la luz, pueden ver el post sobre el paisaje del viento de la costa de Cádiz.

La FAUNA no puede olvidarse como sexto elemento básico del jardín, que, en muchas ocasiones, cuenta con pajareras para disfrutar del exotismo de las aves y de su canto. Tampoco faltan peces de colores y anfibios que dan vida –e incluso nombre- a estanques y fuentes. Ni insectos que colorean los jardines o cantan en verano con un sonido constante que recuerda siempre el estío: mariposas, grillos y chicharras forman parte indisoluble del jardín. Otras especies de mayor porte también se muestran con orgullo, destacando entre ellas la ampulosidad y belleza del pavo real, elegantemente presente en este cuadro de Diego Blázquez.

Por último, el séptimo elemento esencial y base del jardín sevillano es el COSMOS, es decir, la geometría y el orden. Los arriates perfectamente dispuestos permiten aprovechar de forma eficiente el agua para el riego, pero también proporcionan sosiego a un jardín donde la mano del hombre se hace presente. Geometrías básicas en el jardín andalusí o elaboradas composiciones vegetales en el jardín renacentista les dan sentido y proporción, haciendo que la naturaleza se haga amable y, sobre todo, inteligible. Básicamente con dos modelos esenciales: jardín de crucero -fuente central- o, como en el caso de nuestro cuadro, jardín de estanque.

Como síntesis de estos siete elementos, no hay mejores palabras que las de Luis Cernuda en Ocnos para sintetizar las claves del jardín sevillano:

Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de la slatanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.

Si Luis Cernuda retrata la esencia del jardín meridional con la palabra, Diego Blázquez nos regala su mirada esencial en el acrílico que vemos al final del post. Se trata del Jardín de las Flores del Alcázar de Sevilla, este último merecedor de un post específico por su historia, botánica y carácter representativo. Disfruten en el cuadro de la esencia del jardín del Sur, pero no se confundan: esta obra de Diego Blázquez no es un cuadro figurativo. No se trata de representar lo visible; se trata de hacer visible las claves y elementos del jardín meridional. Es decir, hablamos de una obra que revela un concepto, donde impera la estructura y el color de los vergeles del Sur. Un viaje por esta nuestra cultura mediterránea entregada al Atlántico, por Roma, por Al Andalus, por el Mudéjar, por el gusto italiano… por Sevilla.

Viajen por el cuadro. Disfruten de la esencia del jardín del Sur. De la cerca gris y la sofisticación arquitectónica del color almagra. De la tierra y los pavimentos. Del orden que impera en el estanque acuático y la vegetación formal. Del color de los peces y la fauna. De la luz y los cielos sevillanos. Del paisaje que se intuye fuera. En definitiva, del paraíso perdido.

NOTA: este cuadro lo tengo en propiedad. Se trata de un regalo que me hizo Diego Blázquez en 2016 con motivo del libro Pasear Sevilla. El espíritu del jardín. Estaré eternamente agradecido: es poder disfrutar en casa de la belleza del Alcázar y los jardines meridionales, los que soñaran Gerardo Diego, Cernuda y Romero Murube…

Diego Blázquez, Jardín de las Flores del Alcázar de Sevilla. Jardín soñado, 2011. Acrílico sobre tabla, 38 x 46 cm. Esta obra encierra los elementos básicos que componen el jardín: cerramiento y arquitectura, tierra y pavimentos, vegetación y geometría, agua y fauna, luces y atmósferas. Más allá, el paisaje.

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