Entre el Atlántico y el Mediterráneo: dos obras del Picasso más clasicista (1917-1924)

Tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, la sociedad y el arte europeos, aún sobrecogidos por el horror y el caos, sintieron una fuerte necesidad de volver a un cierto orden perdido tras las experimentaciones de las primeras Vanguardias Históricas. La necesidad de innovación constante fue sustituida por la búsqueda de un nuevo equilibrio basado en la seguridad de los fundamentos clásicos del arte. Así hay que entender el giro de Picasso entre 1917 y 1924 hacia los modelos de la Antigüedad y el Renacimiento, cuando años antes protagonizó la revolución del Cubismo.

Tras la estancia en febrero de 1917 en Roma -ciudad en la que el pintor malagueño conoció a Olga Khokhlova, con la que se casaría un año más tarde- y los viajes realizados a Florencia, Nápoles y Pompeya, Picasso comienza su viaje en el tiempo hacia los fundamentos clásicos. Así, figuras escultóricas, monumentales, definidas con un soberbio y preciso dibujo, centrarán composiciones marcadas también por paisajes europeos con sabor marítimo. Es el caso de Dos mujeres corriendo en la playa (La carrera), obra de pequeño formato pintada en 1922 durante su estancia en Dinard, localidad costera de la Bretaña francesa. Sirvió a Serguei Diaghilev -empresario ruso fundador de los Ballets Rusos- como telón de fondo de la obra Le train bleu, espectáculo basado en un texto de Jean Cocteau, este último escritor, pintor y diseñador de origen francés.

La obra representa a dos enormes mujeres que corren por la playa, aunque, más que correr, parecen estar danzando. Estamos en el Atlántico, pero la referencia a la Antigüedad Clásica es aquí obligada: el drapeado rígido y firme de las túnicas y los movimientos poco coordinados remiten a las ménades danzantes del arte griego. Además, la composición recuerda las utilizadas en las obras mitológicas de Nicolas Poussin conservadas en la National Gallery de Londres.

Pablo Picasso, Dos mujeres corriendo en la playa (La carrera), 1922. Gouache sobre madera contrachapada, 32,5 x 41,1 cm. París, Museo Nacional Picasso.

La mitología clásica también está muy presente en una de mis obras favoritas de Picasso: La flauta de Pan, de 1923, aquí con la cultura del Mediterráneo como eje. El pintor sigue explorando el lenguaje y los símbolos de la Antigüedad, en este caso en un lienzo de gran equilibrio compositivo protagonizado por dos macizas y varoniles figuras. Hay regusto por la monumentalidad, por el Mare Nostrum y por los mitos antiguos -se recuerda al dios Pan y la ninfa Siringa-. Se trata de dos jóvenes que están a la orilla de un mar liso y tranquilo, bajo el sol del mediodía -no hay apenas sombras-, junto a bloques de piedra que dan ilusión de profundidad. Los personajes no mantienen comunicación; el músico está absorto en su instrumento, mientras el otro, de pose estática y raigambre clásica, mira absorto hacia un punto ajeno a nosotros. Sencillez, grandiosidad y equilibrio. Y el mar…

NOTA: sobre Picasso consultar también los posts Madre e hijo del periodo azul y el referido a El abrazo.

Pablo Picasso, La flauta de Pan, 1923. Óleo sobre lienzo, 205 x 174 cm. París, Museo Nacional Picasso.

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