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Pietro Torrigiano en Sevilla y una obra universal: «San Jerónimo penitente», 1525

Corría el año 1521, el mismo de la muerte de Magallanes en Filipinas, cuando un escultor nacido en la ciudad de Florencia llegaba a Sevilla. Aquella era una ciudad populosa que, a modo de imán, no paraba de atraer a gentes que buscaban fortuna al calor de las noticias que a su puerto llegaban del Nuevo Mundo. Centro evangelizador de América, en las orillas del Betis se asentaron todas las órdenes religiosas posibles, con extensos conventos y monasterios que verán enriquecidas sus estancias con numerosas obras de arte, cuya función en ese momento era la catequesis visual. Uno de esos espacios monásticos fue el de San Jerónimo de Buenavista, fundado en 1414 por fray Diego Martínez de Medina, construido en lenguaje gótico y reformado en el siglo XVI desde trazas clásicas. Su aspecto es ruinoso desde los procesos desamortizadores del XIX, aunque hoy día son visitables los restos de su hermoso claustro. Sus piedras aún nos hablan de los trabajos del citado escultor italiano.

Nuestro protagonista se llama Pietro Torrigiano, nacido en la capital toscana en 1472 en el seno de una acomodada familia de bodegueros. Biografiado nada más y nada menos que por Vasari, que le dedicó una de sus Vidas, nuestro escultor formó parte de la Academia creada por Lorenzo de Medicis, estando bajo la tutela de Bertoldo di Giaovanni -seguidor de Donatello- y siendo codiscípulo de Miguel Ángel Buonarroti. Destacamos este último nombre no sólo por la magnitud artística del mismo, sino por lo que nos cuenta Vasari: orgulloso, colérico y violento, nuestro fornido escultor tuvo un incidente con Miguel Ángel, al «que le dio un puñetazo en la nariz que se la quebró y lo dejó desfigurado para el resto de sus días». Huido de Florencia, Torrigiano deambula por Italia y Europa, terminando por recalar en Sevilla a la edad de 49 años.

La presencia del italiano provocó una auténtica conmoción en los ambientes artísticos sevillanos, deudores aún por aquel entonces de los modelos escultóricos de tradición gótica -ver post de Lorenzo Mercadante de Bretaña-. Las novedades que más impactaron fueron de carácter conceptual y formal, ya que Torrigiano representaba la introducción de formas plenamente renacentistas en la escultura sevillana. Eso sí, conectó con la tradición local gracias al empleo de un material de gran tradición en Sevilla, que no era otro que el barro cocido, utilizado por el citado Mercadante, Pedro Millán o Miguel Perrín, todos ellos escultores con gran protagonismo en la Catedral.

De la obra de Torrigiano en Sevilla tenemos escasos testimonios, aunque de capital importancia para la ciudad, como su soberbia Virgen de Belén, realizada para el citado monasterio de San Jerónimo de Buenavista y conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Es una imagen sedente, muy bien dibujada y modelada, modelo iconográfico para otras obras locales como, por ejemplo, las de Nicolás León o Juan Bautista Vázquez el Viejo. Se trata de un gran ejemplo de clasicismo sereno, que se observa en los amplios volúmenes que remiten a una abstracción geométrica. Esta Virgen muestra en su mano derecha, a modo de Segunda Eva, la manzana del pecado original, que recoge aquí para remediar el «error» de la primera mujer -se trata de una variante de la Madonna de Fosombrone, hecha por Torrigiano hacia 1500-. Por último, decir también que existe un paralelo a la Virgen de Belén que se conserva en la Capilla de la Universidad de Sevilla, atribuida al círculo de Torrigiano.

Ficha Virgen de Belén Museo de Bellas Artes Sevilla

Información Virgen de la Capilla de la Universidad

Pietro Torrigiano, Virgen de Belén, 1525. Barro cocido policromado. Altura =140 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Pero la obra más universal de Torrigiano es el San Jerónimo penitente, creado hacia 1525 en barro cocido policromado para el mismo monasterio de la Virgen de Belén y también conservado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Destaca especialmente el estudio anatómico y la fuerza expresiva de una obra que evidencia tres cuestiones clave de Torrigiano: (i) gran conocimiento de la estatuaria clásica, (ii) trabajos continuados con modelos vivos, y (iii) formación con los mejores maestros del Renacimiento italiano. Esta obra se convirtió en un referente para los artistas de Sevilla, que en este caso no tuvieron que recurrir a imágenes de grabados italianos y así pudieron ver in situ obras de un artista del mejor Renacimiento. Los escultores locales siguieron e imitaron posteriormente al genio, citando a modo de ejemplo los «San Jerónimos» de Jerónimo Hernández -Catedral de Sevilla-, Juan Bautista Vázquez el Viejo -Llerena, Badajoz- o el mismísimo Martínez Montañés -Llerena, Badajoz, y monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, Sevilla-.

Estar delante de este portento, a solas, en silencio, despacio, enriquece la mirada más analítica y la emoción más profunda. El realismo de Torrigiano es tal que para crear esta obra única se sirvió de un modelo, un viejo criado de la familia de los Botti, comerciantes florentinos afincados en el emporio comercial sevillano, modelando así un anciano fornido pero enjuto, prieto pero no voluminoso, con un cuerpo muy definido a causa de su alargada fibra muscular, siempre en tensa posición y en equilibrio imposible. En este sentido, dos vectores marcan nuestra mirada a San Jerónimo penitente:

  • Análisis anatómico: desde esta mirada, podemos fijarnos en la solidez inestable de la escultura, que provoca que el inmenso catálogo muscular del santo se presente ante nuestros ojos con toda su tensión; cada músculo está perfectamente identificado en este Padre de la Iglesia que pasa sus penosos días de penitencia en el desierto.
  • Sentimiento: Torrigiano no se conforma con ilustrarnos con la perfección anatómica, ya que la emoción se palpa en la fuerza expresiva de toda la figura, especialmente concentrada en la portentosa cabeza.

En definitiva, una escultura de referencia para la Historia del Arte, definida por el crítico Ceán Bermúdez a principios del XIX como no sólo «la mejor pieza de escultura moderna que hay en España, sino que se duda la haya mejor que ella en Italia o en Francia». Razón y emoción en una obra universal que pueden ver en la fotografía inferior, aunque avisamos que ninguna imagen hace justicia a las sensaciones que transmite esta obra única. En cuanto abran de nuevo las salas del Museo de Bellas Artes de Sevilla tras el COVID-19, vayan a verla.

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Pietro Torrigiano, San Jerónimo penitente, 1525. Barro cocido policromado, Altura =160 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

La azarosa vida de Pietro Torrigiano tuvo un triste final en Sevilla, ciudad en la que conoció el éxito, vio la llegada de Elcano tras la Primera Vuelta al Mundo y participó en las Bodas del Emperador Carlos V en 1526 -realizó un busto para Isabel de Portugal, desaparecido posteriormente-. El gran Duque de Arcos, prendado de la belleza de la comentada Virgen de Belén, solicitó al italiano una escultura similar a cambio de una fuerte suma de dinero, que finalmente fue de sólo 30 ducados. Pareciéndole escasa esta recompensa -el escultor había trabajado para las más adineradas familias y cortes de Europa-, nervioso y violento, Torrigiano se presentó en casa del Duque, destrozando su obra con una maza -esta escena ha inspirado un pasaje de la serie de La Peste II Parte-. Las consecuencias fueron terribles: denuncia ante el tribunal de la Inquisición y acusación de herejía, tal como apunta la biografía de Vasari. El final del escultor transcurrió en las celdas del Castillo de San Jorge de Triana, donde dejó de comer para evitar el escarnio público y así fallecer de inanición en agosto de 1528.

Este episodio fue elevado al arte por Francisco de Goya, que se detuvo dos veces en el monasterio de San Jerónimo de Buenavista para contemplar la obra del italiano junto al ya citado Ceán Bermúdez. Así, en el dibujo 100C del grupo titulado Condenados, presos y torturados por la Inquisición, el pintor aragonés recuerda al escultor en una aguada en sepia con el célebre título No comas célebre Torrigiano, escrito de propia mano del pintor -pueden informarse en la Web del Prado-. En la lámina se ve a un hombre preso con los grilletes de la época en los pies, envuelto en una manta y con la decadencia física que supone una «huelga de hambre». Otros grabados del siglo XIX recrearon de manera romántica este triste final del genio florentino, uno de los mayores artistas que el Renacimiento trajo a Sevilla.

NOTA: vean también el post de mi compañero Manuel Serrano, Historiador del Arte y excelente Guía Oficial de Turismo, sobre la obra de Pietro Torrigiano en Sevilla (VÍDEO explicativo).

Francisco de Goya, No comas célebre Torrigiano, 1810-1811. Aguada, Pincel, Tinta de hollín, Tinta parda, Tinta ferrogálica, Trazos de lápiz negro, Raspado sobre papel verjurado, 205 x 143 mm. Museo del Prado (no expuesto).

Grabado de 1886 alusivo a la «huelga de hambre» y muerte de Pietro Torrigiano en el Castillo de la Inquisición de Triana.
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