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Modernismo y Regionalismo. Tres rutas para conocer Sevilla y Triana entre 1900 y 1935

Uno de los movimientos arquitectónicos menos conocidos en Sevilla es el Modernismo, que se desarrolló en esta ciudad entre los años 1900 y 1914, cuando arquitectos como Aníbal González, Simón Barris y Bes, o José Espiau y Muñoz abrazaron las novedades del también llamado Art Nouveau. El ámbito temporal de esta forma de entender la arquitectura va desde 1893, fecha de la construcción de la Casa Tassel de Víctor Horta en Bruselas, a 1914, comienzo de la I Guerra Mundial. Solo en Cataluña se amplía este periodo modernista hasta 1926, debido a particularidades específicas de carácter identitario que quedan al margen del objetivo de este post.

En cuanto al ámbito espacial, el Art Nouveau se extiende por el continente europeo y América especialmente desde la Exposición de 1900 de París, siendo denominado con diferentes nombres según las áreas geográficas. Así, es también conocido en Austria como Secesionismo vienés, en Alemania como Jugend, en España como Modernismo, en Cataluña como Modernisme -con características estéticas específicas muy diferentes a las corrientes modernistas del resto de España, estas últimas más conectadas con lo que se hacía en Europa que con lo realizado en Cataluña- o en Italia como Liberty, aunque suele denominarse en general con el ya citado término francés de Art Nouveau.

Se trató de una reacción frente al Academismo e Historicismo del siglo XIX, los cuales, mediante distintas normas y prescripciones, coartaban la libertad del arquitecto más creativo. Se planteó entonces una nueva arquitectura -esteticista, sensorial, emotiva y sensual- basada en lo artístico más que en lo constructivo, en el cuidado por lo decorativo y el desarrollo de las artes aplicadas, con una especial atención a las fachadas, las cuales articulaban la nueva ciudad escenográfica. Pero, sobre todo, se tenía como fundamento principal la libertad creativa del arquitecto, que utilizaba las formas orgánicas y curvas de la naturaleza como fuente de inspiración.

Por otro lado, no podemos olvidar que este Modernismo arquitectónico se insertaba en un paradigma cultural mucho más amplio -literario y artístico- que, siguiendo las palabras de Juan Ramón Jiménez, se caracteriza por ser «un movimiento de entusiasmo y de libertad hacia la belleza». Una nueva manera de entender el mundo, con formas sinuosas y curvas, orgánicas y seductoras, que no sólo se expresan a través de la arquitectura. La decoración Art Nouveau fue invadiendo todos los órdenes de la vida a través de la tipografía, de las encuadernaciones, de la moda comercial y los muebles de lujo. Un ejemplo lo tenemos en la capital de Andalucía: la primera manifestación del Modernismo en esta ciudad data de 1900 y fue la decoración de los interiores de la famosa Joyería Reyes, obra del arquitecto Juan de los Reyes.

Uno de los hechos que sintetizan la adopción estética del Art Nouveau en Sevilla es la creación en abril de 1904 de un arco modernista levantado por la Peña Liberal con motivo de la primera visita oficial de un joven Alfonso XIII. La ruptura con el diseño tradicional de arcos neoclásicos y neoislámicos, en un evento social de este tipo, es un ejemplo de cómo el nuevo estilo va adquiriendo carácter de representatividad en la capital andaluza.

Interior de la Joyería Reyes, situada en la calle Ávarez Quintero, nº14.

Respecto a la arquitectura hispalense, pese a lamentar la destrucción de valiosos edificios -aún recordamos la triste pérdida del Café París en la Campana-, todavía quedan numerosas muestras del Modernismo sevillano en el paisaje urbano. Este movimiento se introdujo en la ciudad con la intención de renovar un caserío tradicional de carácter anodino y escasamente artístico, según opinaban aquellos arquitectos de principios del siglo XX, apostándose entonces por un nuevo lenguaje de formas sinuosas y romboidales -conformado por el dúctil ladrillo-, con una decoración heredera del movimiento Arts and Crafts y ornamentación basada en modelos florales modernistas, que se manifiesta colorista y feliz mediante la cerámica. Y un punto básico: atención especial a las fachadas de una ciudad como Sevilla, necesitada para estos modernistas de un «enriquecimiento artístico» de carácter escenográfico en calles y plazas.

La lista de obras del Modernismo sevillano es variada. Por poner sólo algunos ejemplos, citamos las casas de Laureano Montoto (1905-1906) -calle Alfonso XII- o la Subcentral de la Compañía Sevillana de Electricidad (1906) -Calle Feria-, de Aníbal González; la casa de Antonio López (1907) -calle Orfila-, la casa Calvi (1907-1908) -calle Álvarez Quintero- y la casa Grosso (1908-1909) -calle San Pablo-, de José Espiau y Muñoz; los edificios para Miguel Arcenegui (1909) -calles Viriato y Velázquez-, de Juan Talavera y Heredia; los antiguos Almacenes El Águila en la calle Sierpes (1909-10), de José Gómez Millán; o las viviendas construidas en la calle Adriano esquina Pastor y Landero, conocidas popularmente como edificio de las moscas (1912), de Antonio Gómez Millán.

Las decoraciones libres basadas en motivos naturales eran típicas del Modernismo. Detalle del edificio de las moscas, de Antonio Gómez Millán (1912).

Una de las muestras más notables del Modernismo sevillano es la Casa de Juan de Haro -calle Tomás de Ibarra-, diseñada por el sofisticado arquitecto argentino Simón Barris y Bes entre los años 1904-1905. Pueden observarse las formas curvas antiacadémicas que definen su fachada, que conectan claramente con las tendencias libres y decorativistas del Art Nouveau. Víctor Pérez Escolano, en su libro Aníbal González. Arquitecto (1876-1929) (Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1996 – Primera edición de 1973), dice que «la casa, de tres plantas, recuerda, en la sinuosidad de su fachada, en la plasticidad con que se produce la transición entre planos distintos disolviendo las aristas o en los motivos ornamentales, la arquitectura de Víctor Horta en Bruselas. Simón Barris y Bes puede considerarse el arquitecto que en Sevilla mejor representa el modernismo de raigambre centroeuropea, lo que queda de manifiesto en la casa que nos ocupa, en la desaparecida casa también de Juan de Haro en la Plaza de Santo Tomás o en la casa de la calle Luis Montoto, vivienda personal del arquitecto».

Formas sinuosas y libres en la fachada de la casa de Juan de Haro, obra de Simón Barris y Bes (1905-1906).

Pero entre los años 1910 y 1912 todos estos arquitectos modernistas comenzaron el viaje hacia un nuevo paradigma cultural y arquitectónico: el Regionalismo. El debate existente aquellos años en Sevilla hizo que el Modernismo tuviera escasas posibilidades de triunfar frente al nuevo movimiento. La polémica política, cultural y artística estaba servida: se empezaba a contraponer los valores permanentes arraigados en la geografía y la historia de la ciudad frente a la moda efímera y extravagante del Art Nouveau, el nacionalismo local frente a la injerencia externa, el desarrollo de una industria y técnicas arraigadas frente a modelos y diseños exóticos. Tres hechos concretos entre 1910 y 1912 impulsan el abandono del exótico Modernismo para abrazar el Regionalismo: la moción antimodernista del concejal Francisco Javier de Lepe (1910), el concurso de proyectos para la Exposición Iberoamericana (1911) y el concurso de fachadas de «estilo sevillano» (1912).

El Regionalismo triunfa desde 1912, dejando profunda huella en el paisaje urbano de Sevilla. Sin embargo, es muy desconocido en sus postulados, motivaciones y objetivos, confundiéndose frecuentemente con el Historicismo del siglo XIX. Coincide con el Modernismo en los siguientes principios «filosóficos»:

  • Reacción frente al panorama arquitectónico del siglo XIX, con deseos de nuevos planteamientos orientados a la creación de un nuevo orden en arquitectura.
  • Bases esteticistas, es decir, más artísticas que constructivas. Se desarrollan así las posibilidades más plásticas y sensoriales de una arquitectura emotiva y sensual que cultiva, ante todo, la belleza.
  • Este esteticismo se traduce en la importancia de la decoración y el horror ante el vacío. Es la apoteosis del ornamento, basado en el desarrollo de lo escultórico -juegos visuales de relieves y volúmenes- y lo pictórico -gran importancia del color, con el uso de materiales como el ladrillo o la cerámica-, con el resultado de una arquitectura «pintoresca» o digna de ser pintada.
  • En un juego de apariencias burguesas, la importancia de la fachada está fuera de toda duda, es decir, el decorativismo de las estancias interiores se vuelca en fachadas plenas de ornato, algo absolutamente nuevo en una ciudad como Sevilla, tradicionalmente de muros limpios de decoración y escasos vanos. Todo ello en el contexto de una nueva escenografía urbana orientada también hacia la actividad turística; en el caso de la ciudad del Betis con la particularidad de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Pero entonces ¿en que difieren Modernismo y Regionalismo? Se trata de dos caras o dos expresiones formales diferentes, pero de la misma moneda, es decir, de los principios «filosóficos» que hemos visto anteriormente, común a ambos movimientos -renovación arquitectónica, esteticismo y arte, decorativismo y fachadismo-. La diferencia entre ellos es muy clara: mientras el Modernismo cultiva la libertad y fantasía absoluta del arquitecto -rechazando normas académicas o cualquier limitación a la creatividad, y sublimando las formas caprichosas, curvas y orgánicas-, el Regionalismo -en el contexto político y cultural de un Regeneracionismo heredero del 98 y la reivindicación de lo autóctono- incentiva el análisis racionalizado y ordenado de la tradición histórica y de lo vernáculo. Tiene el objetivo de establecer lo que podríamos llamar un nuevo «orden arquitectónico regional», que parte de los estilos históricos originales para plantear novedosas fórmulas que satisfagan las necesidades estéticas de la sociedad de principios del siglo XX. Se trata, por tanto, de un nuevo lenguaje extraído de la gramática proporcionada por los estilos históricos y vernáculos de una región; no es una mera copia, sino una nueva arquitectura, al igual que el Modernismo, emotiva, sensual, esteta, ornamental y fachadista, pero en el caso del Regionalismo creada a partir de los elementos gramaticales proporcionados por la Historia.

Al contrario de lo que hacía el Historicismo decimonónico, el Regionalismo no pretende tipificar, remedar y reproducir estilos históricos definidos, sino que plantea la necesidad de extraer enseñanzas de la tradición local para hacer algo nuevo. Es lo que hizo, por ejemplo, Juan Talavera y Heredia con el estudio pormenorizado de la arquitectura rural andaluza, que decantó en planteamientos de gran éxito para la construcción de nuevos cortijos y haciendas. Así, se propone una nueva arquitectura que no trata de recrear paisajes urbanos del pasado -como usualmente se cree-, sino formular un modelo de ciudad que responda al gusto estético de principios del siglo XX. Dicho modelo se sustenta en dos fuentes de inspiración:

  • Exaltación de los valores esenciales y duraderos de la geografía -clima y materiales autóctonos- y la tradición histórica -herencia recibida-, frente a las modas efímeras de carácter modernista.
  • Desarrollo de la industria local, frente a técnicas exóticas importadas, en el marco de la reivindicación de lo popular y lo vernáculo.

Se trata, por tanto, de la condensación de la herencia cultural de un pueblo cuyas construcciones son analizadas ahora por una nueva arquitectura que tiene en cuenta el lento proceso evolutivo que ha configurado una forma de construir enraizada en la geografía y la historia del lugar. Todo ello desarrollado en el contexto de un Regionalismo político y cultural que reivindicaba lo sevillano y andaluz como elemento identitario y de regeneración. En su sentido más amplio, este movimiento abarcaba diversas manifestaciones como el regionalismo político de Blas Infante y de Isidro de las Cagigas; el regionalismo más cultural de Alejandro Guichot, del Ateneo y la revista Bética; también un regionalismo pictórico y artístico vinculado a nombres como Emilio Sánchez Perrier, José García Ramos, Alfonso Grosso, Gonzalo y Joaquín Bilbao o Gustavo Bacarisas; y un regionalismo literario representado por la figura de José María Izquierdo.

El 20 de noviembre de 1913 se publicó el primer número de Bética, una revista artística ilustrada en pro de la regeneración de Andalucía. Intelectuales de la época, aglutinados en torno al Ateneo de Sevilla, colaboraron en sus páginas: Alejandro Guichot, Blas Infante, Mario Méndez Bejarano, José Gastalver, Alfonso Grosso, Martínez de León, José María Izquierdo y José Gestoso, entre otros (en la imagen la publicación de mayo de 1916).

Y, por supuesto, un urbanismo regionalista asociado a las reformas pendientes de una ciudad que se preparaba para celebrar la Exposición Iberoamericana de 1929. Sevilla asiste a frenéticas obras encaminadas a realizar tres acciones clave:

  • Reformas interiores, con la creación de nuevas escenografías urbanas en el casco histórico de la ciudad, ahora con calles más anchas y plazas más abiertas -Avenida de la Constitución, reforma de la Campana, nuevos Santa Cruz y Altozano, etc.-
  • Nuevas áreas de expansión que siguen el modelo de ciudad jardín, con barrios conectados por grandes avenidas -Heliópolis, Nervión o El Porvenir- y articulados con viviendas unifamiliares y espacios verdes.
  • Creación del recinto expositivo en el entorno del Parque de María Luisa -Plaza de América, Plaza de España, Avenida de la Palmera, Glorieta de México, etc.-, con la transformación de lo que fue un jardín romántico privado en un parque estilísticamente regionalista y conectado con el resto de los ejes urbanos.

La Avenida de la Constitución de Sevilla, presidida por el edificio de la Adriática -de José Espiau y Muñoz, (1914-1922)- es producto de la reforma interior de principios del siglo XX. Conectaba a través de todo un catálogo de obras regionalistas de carácter preciosista el centro de la ciudad histórica con la elegante expansión sur de la ciudad, donde se ubicaba el recinto de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Volviendo al Regionalismo arquitectónico, y conociendo ya el contexto de la época, insistimos en lo apuntado más arriba: el arquitecto regionalista -al igual que el paisajista regionalista-, no intenta hacer didáctica o remedar estilos del pasado para recrear una supuesta ciudad antigua -o reproducir un jardín del pasado-. Por el contrario, es consciente de que está creando una nueva ciudad -y un nuevo jardín- desde la libertad creativa y el nuevo gusto de principios del siglo XX, pero se basa en postulados y modelos que se sustentan en los valores históricos permanentes del lugar y se nutren del carácter de lo vernáculo. Surge así la Sevilla soñada -y el jardín andaluz prototípico- como resultado del análisis previo de lo que el Romanticismo llamaba «el espíritu del lugar».

En este sentido, y siguiendo a Alberto Villar Movellán, autor del libro Arquitectura del Regionalismo en Sevilla (1900-1935), concluimos que se trata de «un movimiento arquitectónico con características peculiares que hay que analizar con independencia de la arquitectura ecléctica del siglo XIX; un movimiento que no pretende tipificar los estilos históricos sino extraer de ellos las enseñanzas para hacer algo nuevo, aunque firmemente enraizado en la tradición, lo que muchas veces enmascaró aquella novedad».

El listado de obras sevillanas regionalistas es realmente interminable -las primeras construcciones, las fases y desarrollo del Regionalismo, así como el estudio de las obras de cada uno de los arquitectos, serán objeto de nuevos post-. Sólo comentamos aquellas especialmente destacadas por Guillermo Vázquez Consuegra en la Guía de arquitectura de Sevilla, publicada en 1992 por la Dirección General de Arquitectura y Vivienda de la entonces Consejería de Obras Públicas de la Junta de Andalucía. Así, citamos los pabellones de la Plaza de América (1910-1919), la Capilla de los Luises (1913-1920), la Plaza de España (1914-1928) o la Capilla del Carmen (1928), de Aníbal González; el Hotel Alfonso XIII (1915-1928), de José Espiau y Muñoz; la vivienda de la calle Canalejas nº14 (1917-1921), el antiguo Mercado del Postigo (1926) o el antiguo edificio de la Compañía Telefónica en Plaza Nueva (1926-1928), de Juan Talavera y Heredia; el edificio del Bar Laredo en la Plaza de San Francisco (1918), de Ramón Balbuena y Huertas; o el antiguo teatro Coliseo España (1925-1930), de José Gómez Millán y Aurelio Gómez Millán.

La Capilla del Carmen de Aníbal González (1928) creó una imagen urbana nueva, formando ya parte del paisaje más icónico de Triana.

Partiendo de estos planteamientos, para cuando pase la COVID-19 realizaremos tres paseos urbanos para conocer el enorme legado del Modernismo y Regionalismo sevillanos. Aunque es materialmente imposible abarcar toda la ciudad, se ha intentado con estas tres rutas -diseñadas por un servidor- poder conocer las trazas básicas de estos dos movimientos culturales y arquitectónicos. Son las siguientes:

  • Ruta modernista y regionalista por el centro histórico: la postal de Sevilla. Este paseo permite observar cómo se creó un nuevo paisaje urbano, de carácter escenográfico, para 1929. Se trata, más que de la ciudad vivida, de una urbe ensoñada para ser vista y visitada. De esta forma, cambiará la fisonomía de lugares tan emblemáticos como La Campana, la Plaza de San Francisco, la Avenida de la Constitución, la Plaza Virgen de los Reyes, el barrio de Santa Cruz, la Puerta de Jerez…
  • Ruta modernista y regionalista por el Arenal y Triana: tradición y cerámica. El valor de lo histórico y autóctono fue esencial para los planteamientos básicos del Regionalismo sevillano. Triana y el Arenal representan en este contexto el sabor y la tradición, conjugando así el nuevo paisaje urbano creado en los años 20 con las raíces más preciadas de aquel movimiento «nacionalista»: el flamenco, la tauromaquia, la vida popular, la cerámica, la forja…
  • Ruta modernista y regionalista por la Exposición Iberoamericana de 1929: pabellones y jardines. No cabe duda de que lo que fue un jardín privado en tiempos de los Montpensier, convertido luego en un parque sevillano de corte romántico, será transformado por Jean-Claude Forestier y Aníbal González en un escenario de ensueño desde planteamientos regionalistas. El jardín andaluz y la síntesis idealizada de la arquitectura sevillana crearán una nueva ciudad en la que los pabellones de los distintos países participantes en la Exposición del 29 conformarán un espacio urbano completamente nuevo inspirado en gran medida en el modelo ciudad jardín.

Modernismo y Regionalismo, dos caras de una misma moneda, con su fuerte carga de decorativismo y fachadismo, serán fuertemente criticados por los nuevos planteamientos que revolucionarán la arquitectura desde las décadas de los años 20 y 30 del pasado siglo. Hablamos ya del Racionalismo -razón, módulo y función-, que constituye la base de un Movimiento Moderno que cambiará radicalmente calles y plazas sevillanas a lo largo del siglo XX. Una forma de construir apreciada especialmente por los amantes de la racionalidad, la desornamentación, la línea recta y las formas limpias y puras. Pero eso es ya otro post. Y otra ruta…

NOTA RECORDATORIA

Los dos errores que suelen cometerse con el Regionalismo son los siguientes: por un lado, pensar que reproduce de forma exacta y en serie paisajes urbanos del pasado -eso sería el «pastiche» de un historicismo retardario-, de tal forma que muchos creen que edificios de los años 20 tienen siglos o «están ahí desde siempre», y, por otro lado, que este movimiento representa la Sevilla eterna e histórica, inamovible, una ciudad que desde esta perspectiva no admitiría otras formas de expresión.

Por el contrario, y siguiendo al citado Alberto Villar Movellán, este movimiento hay que entenderlo como un lenguaje arquitectónico nuevo sustentado en la creatividad y gusto esteticista de principios del siglo XX, contextualizado en un tiempo concreto de reivindicaciones nacionalistas y basado en la gramática de la Historia y lo vernáculo. Todo ello al servicio de una Sevilla idealizada nacida de una arquitectura de nuevo cuño que comparte con el Modernismo su carácter emotivo, sensorial, imaginativo, preciosista, ornamental, pictórico, escultórico y amante de nuevas fachadas intensamente decoradas, estas últimas muy alejadas de los limpios y sencillos paramentos de la ciudad histórica. En este sentido, un edificio clave para el Regionalismo es el situado en la calle Tomás de Ibarra, conocido como «El Barril» (1909-1910) y del que hablaremos específicamente en un post.

En definitiva, una sensual arquitectura que utiliza un lenguaje historicista para modificar la historia. Valores permanentes al servicio de una nueva sensibilidad estética. Un bello y efímero sueño.

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