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Mark Rothko y la poética del color naranja: un puente hacia la Edad Media

En los apuntes que hemos realizado sobre manuscritos medievales ilustrados, siempre especificamos que las imágenes plasmadas en los pergaminos se conocen como miniaturas, término que deriva del latín miniare, cuyo significado es colorear con minia. De aquí se derivan términos como el verbo miniar, que significa ilustrar con miniaturas o imágenes, o el adjetivo miniado, que alude a libros con imágenes. Así, puede leerse frecuentemente frases sobre códices medievales como, por ejemplo, la siguiente: «los márgenes del libro de coro fueron miniados con pan de oro».

La minia es tetraóxido de plomo (Pb3O4), también conocido como plomo rojo o azarcón, un óxido de plomo color anaranjado. Parece ser que este nombre deriva de minium, aludiendo a su procedencia geográfica, relacionada con el río Miño -arteria fluvial de Galicia-, donde fue extraído por primera vez en tiempos romanos. La minia fue un componente clave en la tinta utilizada para la ilustración o iluminación de los códices medievales, con imágenes frecuentemente teñidas de amarillos, rojos y naranjas.

Como ejemplo de esto que decimos, recordamos en esta entrada del Blog un post anterior dedicado al Beato de Escalada, manuscrito medieval custodiado en la Biblioteca Pierpont Morgan de Nueva York e ilustrado con encendidos colores anaranjados.

Folio 174 del Beato de Escalada, con la ilustración de El Cordero sobre el Monte Sión

Los colores anaranjados me permiten establecer un puente entre el Medievo y el siglo XX, entre estos códices medievales miniados y la poética del color que define la obra de vanguardia de uno de los grandes artistas del pasado siglo, Mark Rothko, junto a Pollock el máximo representante de la abstracción norteamericana. Frente al culto por la acción del segundo, que hace explícito en sus obras su enérgico proceso creativo, Rothko ambicionaba expresar emociones universales, contemplativas, casi místicas, a través del color.

Rothko nació en Rusia en 1903, de familia judía, emigrando Oregón en 1910 huyendo del antisemitismo y los progromos de principios del siglo XX. Estudió arte en los años 20, aunque se consideraba un autodidacta, cultivando antes de la II Guerra Mundial la figuración expresionista y empapándose del espíritu de las Vanguardias históricas europeas presente en las exposiciones organizadas por el MoMA.

Tras la Gran Guerra empezó a investigar el color field painting o pintura de campos de color, abandonando poco a poco toda referencia figurativa. En la década de los años 50, en el contexto del triunfo del Expresionismo abstracto, inició un recorrido personal orientado definitivamente hacia la abstracción y el color. Los cuadros de Rothko, impactantes por su gran tamaño, muestran amplios campos de color rectangulares con unos límites indefinidos entre ellos; son colores borrosos, que flotan suspendidos en el lienzo, estimulando sensaciones casi místicas al captar la armonía del Universo.

Para estimular estas sensaciones de paz, de carácter contemplativo, Rothko suprime el impulso irracional de la ejecución del cuadro, transmitiendo un equilibrio entre subjetividad y racionalidad. La ejecución de sus lienzos era lenta y sosegada, resultando obras de un gran hedonismo trascendente.

Con su poética del color, Rothko se convertiría en una institución del arte americano, protegido siempre por mecenas como Peggy Guggenheim. Sin embargo, sus colores, suaves, dulces y cálidos en su periodo de madurez, tornan a grises y negros a finales de los 60, evidenciando una crisis depresiva que acabará con su suicidio de 1970.

Muchas de las obras de Rothko serán objeto de este Blog, aunque en este caso me centro en una de ellas: Orange and Yellow, de 1956. Aquí se refleja el estilo más maduro del artista, caracterizado por obras en las que dos o tres rectángulos se ubican dentro de un fondo que envuelve el conjunto y divide suavemente dichas figuras geométricas. Los bordes de los rectángulos nunca son bruscos, lo que evita una rotura óptica y permite que los ojos de los espectadores se muevan silenciosamente de un área a otra de manera contemplativa.

En este caso se muestra la relación entre dos colores cálidos tan medievales, el naranja y el amarillo. No hay ningún marco físico alrededor del lienzo, lo que significa que no hay límites, por lo que los cálidos colores se expanden aún más en nuestra mente. Las líneas no definen los rectángulos, son imperfectas, por lo que provoca que el naranja y el amarillo parezcan flotar sobre el cálido fondo. Todo ello otorga poder a los espacios de color, que así se dilatan y acercan el trabajo al espectador.

La clave de este lienzo de Rothko es la capacidad de generar espacios donde el espectador siente, se emociona y construye su propia visión, convirtiéndose así en personaje principal del lienzo. En este caso, un conjunto de adjetivos define mis sensaciones al contemplar este cuadro: serenidad cálida, armonía cósmica, belleza cromática, dorado estío, sensualidad abierta, hedonismo placentero, emoción naranja… Y, remitiéndonos al principio del post, evocaciones medievales y monásticas con el recuerdo de la minia.

Mark Rothko, Orange and Yelow, 1956. Óleo sobre lienzo, 231,1 x 180.3cm. Nueva York, Galería de Arte Albright-Knox

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