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Sevilla, 1650. Uvas de septiembre para los niños de Murillo

Sevilla, otoño de 1649. La ciudad aún sufre la peor de sus pesadillas. Desde febrero de ese año la azota, implacable, mortal, una calamidad de alcance insospechado: la Peste. Las cifras de muertos varían de unos estudios a otros, pero afectó aproximadamente a la mitad de la población, pudiéndose estimar unos 60.000 el número de fallecidos. El paisaje fue desolador: casas y haciendas vacías, barrios enteros moribundos y muchos, muchos, muchos huérfanos. La tristeza y la desolación impregnaron la ciudad por aquellos años más poblada de España; sólo una sonrisa de esperanza podía remediar este golpe moral a los sevillanos. Esa misión tendrá un actor principal, un pintor llamado Bartolomé Esteban Murillo.

Este artista, nacido en Sevilla un 31 de diciembre de 1617, bautizado el 1 de enero de 1618 e hijo de un barbero cirujano, era el menor de catorce hermanos y padre de una muy numerosa prole. Era lógica su predilección por el mundo infantil, omnipresente en buena parte de sus obras. Los niños, con rostros casi siempre sonrientes, se muestran en la pintura religiosa de Murillo, bien como ángeles y querubines, en forma de santos niños -por ejemplo, san Juanito- o formando parte de escenas propias de la Sagrada Familia. En definitiva, un cielo de esperanza ante tanta desventura.

En este caso nos detendremos en las escenas de género, muy demandadas por flamencos o gentes del norte de Europa -muy numerosos en Sevilla al calor de su Puerto de Indias-, deseosos de poseer cuadros que retrataran situaciones anecdóticas de la vida sevillana. Ninguna de estas obras está hoy en suelo español; no fueron expoliadas por las tropas de Napoleón; simplemente estos comerciantes, únicos interesados en estos temas -el español demandaba retratos u obras religiosas-, retornaron a sus países de origen con estos óleos.

En estas obras de género de Murillo los niños se presentan con absoluta dignidad, humildes pero de saludable aspecto, con sonrisas vitales que se sobreponen a la dura vida que muchos llevaban en la calle, en un paisaje urbano generalmente localizado a extramuros de la ciudad, lugares donde juegan o saborean los alimentos robados en huertos cercanos o recibidos en el marco de obras de caridad. Es el caso de esta maravillosa obra relativamente temprana de Murillo, titulada Niños comiendo melón y uvas, realizada en torno a 1650 y conservada en la Alte Pinakothek de Múnich.

Murillo sigue aquí el intenso naturalismo de la pintura barroca sevillana de su tiempo. Dos niños adolescentes, bellamente escorzados, que bien pudieran ser Rinconete y Cortadillo de Cervantes – ¡qué sugerente es la mirada cómplice entre los dos! -, desharrapados y sucios -observen los pies desnudos-, se encuentran junto a un ruinoso muro de las afueras de Sevilla. Están disfrutando con intensidad de uno de esos momentos placenteros que nos da la vida, que no es otro que el poder disfrutar de una merecida comida, en este caso melones y uvas procedentes de los huertos que rodeaban la ciudad. Los alimentos nos hablan del final del verano y principios de otoño, ya que este fabuloso bodegón indica el periodo del año en el que estamos gracias a los alimentos de temporada.

El fondo oscuro aún remite a los ecos tenebristas del primer Murillo, pero la luz que envuelve a los muchachos es ya cálida, sureña, amable, una luz que define los tonos cromáticos de la obra, resuelta en los intensos blancos, los orgánicos marrones y los dignos grises y verdes que pueden observarse en las humildísimas vestimentas de los personajes. Por último, un detalle naturalista fascinante: dos moscas han acudido al calor del dulce jugo del melón, formando parte de la escena. Murillo, irrepetible y único.

NOTA: os dejo con un gran documental emitido con motivo del 400 aniversario del nacimiento del pintor sevillano, titulado Murillo, la alegría del Barroco. Obligada visualización.

Bartolomé Esteban Murillo, Niños comiendo melón y uvas, h. 1650. Óleo sobre lienzo, 150 x 103 cm. Múnich, Alte Pinakothek.

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