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Reales Atarazanas: las galeras sevillanas remontan el Támesis para atacar Londres en 1380

La extraordinaria conferencia impartida el pasado mes de marzo por mi maestro Alfonso Fernández Tabales -ver enlace al final del post- sobre la Sevilla de Magallanes, celebrada en el marco del ciclo titulado Las ciudades Ibéricas en tiempos de la Primera Vuelta al Mundo a través de casos -organizado por la Real Sociedad Geográfica Española-, desmonta un relato construido sobre la capital andaluza absolutamente falso e inexacto: la idea, a veces incluso sostenida en ámbitos académicos de otras latitudes, de que la decisión de Isabel la Católica de instalar la Casa de Contratación en la Ciudad del Guadalquivir en 1503 fue fruto de una política de Estado que supuso para Sevilla un beneficio sobrevenido y, por tanto, una entrada de riquezas que permitió que una ciudad de importancia entonces sólo regional pasara, gracias a la «arbitraria» decisión de los monarcas, a ser el pulmón económico del Imperio Español con su famoso Puerto de Indias.

Todo lo contrario. La conferencia de Tabales viene a demostrar que la decisión de instalar en Sevilla la Casa de la Contratación fue consecuencia de la potencia económica que ya mostraba la ciudad en la Baja Edad Media, en el siglo XV la urbe más extensa y pujante de la Corona de Castilla y la Península Ibérica, con cuatro veces la población de Barcelona en esa época, por poner un ejemplo. En efecto, la Isbiliya almohade ya asombró por sus dimensiones y escala urbana a los conquistadores castellanos en 1248, una ciudad colosal para la época, fruto del proyecto bereber de islamizar Europa desde Sevilla. Baste citar los siguientes hitos urbanos construidos entre los siglos XII y XIII para demostrar la dimensión de la nueva urbe almohade: ampliación del recinto amurallado -que da origen a uno de los cascos históricos más grandes del mundo-, la nueva mezquita -con la torre más alta de Europa en su momento-, la ampliación del Alcázar, los nuevos Caños de Carmona y la Buhaira, la Alcaicería de la Seda, o las defensas de Isbiliya -con la Torre del Oro y los castillos de Triana, San Juan de Aznalfarache o Alcalá de Guadaíra como emblemas-.

Este proyecto imperial islámico, que quiebra cuando los almohades pierden el control del oro de la cuenca del Níger, tiene como consecuencia una ciudad superlativa y escalarmente sobredimensionada, de enorme extensión y con notables infraestructuras recién construidas cuando en 1248 Sevilla se incorpora a la Corona de Castilla. No será desde ese momento una ciudad periférica del reino cristiano; en la Capilla Real sevillana se enterrarán los reyes castellanos, en el Alcázar residirá durante décadas la corte y en las arenas del puerto impulsará Alfonso X El Sabio una de las infraestructuras más extraordinarias de la Europa Medieval: las mayores atarazanas que nunca pudieron imaginarse, construidas en 1252 y que, con sus seis hectáreas, superarán con creces la extensión del mismísimo Arsenal de Venecia, en aquel tiempo modelo y referente naval de toda Europa.

En esta obra sobre las Santas Justa y Rufina, de principios del siglo XVI, situada en la trianera iglesia de Santa Ana y atribuida por algunos al conocido como Maestro de Moguer, pueden observarse varias naves de las Atarazanas, representándose en este caso Triana a la derecha y Sevilla a la izquierda, ambas unidas por el famoso Puente de Barcas, de origen almohade

En las 17 naves góticas de las Reales Atarazanas se custodiaron las temibles galeras construidas en los astilleros sevillanos. Siguiendo a Pablo E. Pérez-Mallaína, Catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla y especialista en Historia marítima y en la vida en el mar -cuyo artículo, base de este post, lo tienen citado al final del texto-, se trataba «de un típico barco de guerra, una embarcación larga y de líneas afiladas, rápida y manejable, de propulsión mixta de vela y remo, con poco calado, ideal para desembarcar en una playa su numerosa tripulación de remeros-guerreros y hombres de armas».

Hay que tener en cuenta que en el momento de mayor esplendor -mediados del siglo XIV-, cada galera sevillana contaba con 180 remeros, hombres libres que, pagados con buenos sueldos, participaban tanto en el manejo de la embarcación como en el combate, obteniendo además el botín correspondiente -cada galera tenía una longitud de 40 metros, con 30 bancadas por banda, cada una de ellas con 3 remeros-. Si a ello unimos marineros, ballesteros y soldadesca, cada galera de guerra podría portar hasta 250 hombres. Esto significa que una escuadra de 20 galeras llevaría, por ejemplo, un pequeño ejército de 5.000 personas dispuestas a arrasar cualquier puerto.

Teniendo en cuenta estos números, cabe destacar que en las Atarazanas se llegaron a custodiar hasta 35 galeras, dos por cada una de las naves góticas, por lo que la armada de Castilla contaba en el arsenal sevillano con una base de operaciones clave, es decir, una flota capaz de portar un ejército de más de 8.000 hombres.

Las galeras del siglo XIII, muy parecidas entonces a los drakars normandos, debieron tener el aspecto que muestran las miniaturas relativas a la Cantiga número 35 de Alfonso X el Sabio

La creación de las Atarazanas tuvo su origen en el proyecto alfonsí de (re)conquistar el norte de África -la Granada nazarí era un reino tributario de Castilla y no estaba en los planes conquistarla-, teniendo las galeras sevillanas su estreno en 1260 con el ataque realizado a la ciudad Salé, en Marruecos. Fue el primer capítulo de un hecho histórico fundamental: la fortaleza de las galeras sevillanas -con la colaboración de galeras aragonesas y genovesas alquiladas por Castilla- permitió desde el siglo XIV el control cristiano y europeo del Estrecho de Gibraltar por primera vez tras centurias de control islámico. Ello supuso, por ejemplo, el impulso de una ruta marítima entre Flandes y los puertos italianos, los dos focos económicos más notables del continente; se trataba de un itinerario más rentable que las complicadas comunicaciones terrestres del corazón de Europa, un flujo económico del que se benefició el puerto de Sevilla notablemente a lo largo de los siglos XIV y XV.

Pero el papel más extraordinario de las galeras de Sevilla tuvo lugar en el contexto de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, en un siglo XIV en el que el modelo de galera en toda Europa había cambiado a manos del condotiero genovés Benedetto Zaccaria, ahora con modelos más ágiles y operativos. Las modernas galeras sevillanas ya atacaron Barcelona en 1359 por orden de Pedro I -debido al apoyo de Aragón a los rivales de este rey en el contexto de la guerra civil que asoló Castilla en el XIV-, aunque las más sonadas victorias tuvieron lugar cuando la armada castellana -ya en manos de los Trastámara- decide ayudar a Francia desde 1369 en sus interminables duelos contra Inglaterra.

Los ingleses nunca olvidaron el azote que supuso las galeras de Sevilla. Así, la escuadra procedente de las Reales Atarazanas partía hacia el Atlántico desde el antiguo Betis, costeando las costas de Portugal -sin fondear en puerto alguno por la alianza de los lusos con Inglaterra- para llegar al Cantábrico. Allí recalaban y se abastecían hasta llegar al puerto vasco de Pasajes, punto de partida de la conocida «ruta de La Rochela», itinerario marítimo hacia Bretaña por la costa de Gascuña, esta última entonces en manos inglesas. El golpe de las galeras sevillanas acontece cuando la escuadra de Castilla arrebata a Inglaterra el importantísimo puerto de La Rochela, escala clave entre los puertos vascos y el norte de Francia. Al mando del almirante Bocanegra, doce galeras construidas y custodiadas en las Reales Atarazanas vencen de manera inapelable a la armada dirigida por Lord Pemboke. Desde 1372 La Rochela vuelve a manos de Francia y la armada castellana recalará en este puerto para atacar su nuevo objetivo: las costas de Inglaterra.

A lo largo del último cuarto del siglo XIV, las galeras sevillanas -al servicio de Francia- atacarán sin cesar las costas inglesas. Así, puertos como el de Portsmouth, Darmouth, Plymouth, Rye, o la isla de Wigth, sufren un acoso continuo, aunque será el episodio de 1380 el más simbólico: veinte galeras remontan el Támesis para incendiar Gravesend, en la margen derecha del río, y plantarse en las mismas puertas de Londres. Aún pueden rastrearse en historias locales británicas estos ataques de la flota castellana en el contexto de la Guerra de los Cien Años.

Miniatura medieval con el enfrentamiento entre castellanos e ingleses en La Rochela, con victoria de la escuadra conformada en su mayor parte por las galeras de las Atarazanas de Sevilla

El fin del conflicto entre Francia e Inglaterra, que alimentó durante un siglo la necesidad de fabricar galeras, y, sobre todo, la inutilidad de este tipo de embarcaciones de cara a las nuevas y largas travesías atlánticas, provocaron desde mediados del siglo XV el declive de las atarazanas sevillanas, infraestructura obsoleta y costosa de cara a la construcción de los nuevos navíos protagonistas de la Era de los Descubrimientos: naos y carabelas.

En efecto, estos barcos eran mucho más pequeños y podían navegar largos trayectos a vela con una escasa tripulación -lo que dejaba buena parte de la bodega libre para mercancías-, todo lo contrario que las galeras, que albergaban a más de 200 hombres, algo imposible de sostener en las largas travesías oceánicas. Por otro lado, la construcción de naos y carabelas ya no requería grandes y costosos astilleros, llegando a ser construidas incluso por particulares en puertos más modestos.

Si a todo ello sumamos la decisión de Fernando el Católico de centralizar en Barcelona la construcción de las galeras del siglo XVI, destinadas a la lucha contra los turcos en el Mediterráneo, todo ello en el contexto de la conformación de la Monarquía Hispánica, vemos que los nuevos papeles ya se han repartido: Sevilla se centrará en el Atlántico -donde las galeras no son operativas- y los antiguos puertos de la Corona de Aragón en el Mediterráneo, este último un mar de cortos recorridos y abundante en puertos para avituallar a los numerosos hombres que portaban las galeras.

Con una infraestructura colosal pero ya inútil, el recorrido de las Atarazanas desde el siglo XVI ya es conocido: desde su uso como almacén en tiempo de Magallanes, hasta la construcción del Hospital de la Caridad en el XVII, la creación de la Maestranza de Artillería en el XVIII o la destrucción de varias naves de su parte sur para la construcción en 1944 del actual edificio de Hacienda. Declaradas por el Estado en 1969 como Monumento Histórico Artístico, la rehabilitación y uso público de las aún siete naves góticas existentes constituye hoy una «asignatura pendiente» de la capital de Andalucía.

Valga este post para reivindicar la recuperación de la memoria de las Atarazanas -así como el del papel naval de la Sevilla medieval- para un uso futuro de este monumental espacio que esté acorde con su grandeza pasada.

Recreación de uno de los diferentes proyectos de rehabilitación de las Atarazanas, en este caso con la recuperación en dos de sus naves de la antigua cota medieval (véase las galeras en la parte derecha)

NOTA 1. El proyecto imperial almohade y la pujanza económica de la Sevilla cristiano medieval puede observarse con un breve paseo por el corazón monumental de la ciudad, donde destaca la magnitud de su Catedral -el mayor templo gótico del mundo, sufragado por los canónigos hispalenses, es decir, por la economía local-, el Alcázar -sede de la corte castellana- y las Atarazanas -clave para la armada de Castilla, la más poderosa del mundo hasta la Batalla de Trafalgar (1805)-, al margen del poder de su puerto -fuente de riqueza y origen de la ciudad-. Es decir, la Sevilla de 1503 -fecha de la instalación de la Casa de la Contratación- ya tenía escala imperial; las construcciones de los siglos XVI y XVII -Archivo de Indias, Casa de la Moneda o las reformulaciones renacentistas de la Magna Hispalensis– no son más que la continuación del esplendor anterior, una ciudad que ya poseía «la forma» idónea para adquirir «la función» de capital económica del Imperio Español y ser protagonista de la Primera Vuelta al Mundo.

NOTA 2. La conferencia de Alfonso Fernández Tabales, titulada Sevilla, la primera ciudad global, puede escucharse íntegramente en ESTE ENLACE. Es magnífica, didáctica y muy reveladora; descubre una nueva forma de «ver» la ciudad y va mucho más allá de un catálogo de informaciones y datos históricos (obligada visualización).

NOTA 3. Buena parte de la información de este post se extrae del artículo escrito por el citado Pablo E. Pérez-Mallaína, titulado «Las Atarazanas de Sevilla y el Océano Atlántico». Se encuentra publicado en el libro coordinado por Enriqueta Vila Vilar Magallanes y Sevilla (Editorial Universidad de Sevilla, 2019). Lectura imprescindible.

Estado actual de las Reales Atarazanas de Sevilla, en espera de su rehabilitación y futuro uso

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