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Pasión por Zurbarán: mística, silencio y ascetismo. Admiración por «San Serapio» (1628)

Confieso mi pasión por Francisco de Zurbarán. Redescubierto por las Vanguardias Históricas, sus contundentes y esculturales formas atraen a los enamorados de la geometría y los volúmenes. Su capacidad para transmitir a través de sus realistas rostros la honda espiritualidad y el silencio de la vida ascética resulta conmovedora. La precisión a la hora de mostrar las texturas de los tejidos es sorprendente. Siempre daremos gracias al maestro extremeño por su enorme legado, gran parte realizado para la clientela más selecta de la Sevilla del siglo XVII.

Nacido en 1598 en Fuente de Cantos, su infancia y juventud transcurrió en esta localidad de la actual provincia de Badajoz. A los 15 años abandona su tierra para instalarse en Sevilla, donde ingresa en el taller de Pedro Díaz de Villanueva, un «pintor de imaginería», donde estuvo tres años como aprendiz. Tras este ciclo formativo, terminado en 1617, Zurbarán vuelve a Extremadura -se instala por un tiempo en Llerena-, donde contrae matrimonio por dos veces y ve nacer a sus hijos. Es en 1626 cuando firma su primer contrato conocido en Sevilla, concretamente con los dominicos del antiguo convento de San Pablo, iniciándose así su etapa más sevillana.

La obra del pintor de Fuente de Cantos en la capital de Andalucía es muy numerosa, cultivando desde retratos hasta bodegones, aunque será la pintura religiosa la que acapare los encargos del artista. Así, Zurbarán creará para la devoción particular obras que, agrupadas por temas iconográficos, se pueden dividir en Inmaculadas, infancia y juventud de la Virgen, vida de Cristo, y vida de santos y santas.

Pero la obra de Zurbarán en Sevilla se basa fundamentalmente en las distintas series y retablos que realizó para las órdenes religiosas existentes en aquella populosa ciudad-convento del siglo XVII. Siguiendo un orden cronológico, los templos, conventos y monasterios enriquecidos por la catequesis visual del pintor extremeño son los siguientes:

  • Convento de San Pablo, con el citado primer contrato firmado por Zurbarán en Sevilla del que quedan testimonios pictóricos, con fecha de 1626.
  • Convento de la Merced Calzada, 1628.
  • Iglesia de San Buenaventura, 1629.
  • Convento de la Trinidad Calzada, 1629.
  • Capilla de San Pedro de la Catedral, 1630-1635.
  • Colegio dominico de Santo Tomás, 1631.
  • Iglesia de San Esteban, 1635.
  • Convento de Porta Coeli, 1636.
  • Convento de San José de la Merced Calzada, 1636.
  • Convento de los Carmelitas Descalzos, 1636.
  • Iglesia de San Román, 1638.
  • Cartuja de Santa María de las Cuevas, 1655.

Como vemos, fue la vida monacal la gran clientela de Zurbarán y su objeto de representación. En el contexto de un arte visual que debía plasmar lo trascendente de la manera más natural y realista posible -acercar lo divino a lo humano-, el pintor de Fuente de Cantos será el gran maestro a la hora de:

  • Plasmar en sus obras las directrices de la Contrarreforma, con contenidos didácticos y ejemplarizantes, con pinturas que supieron conectar con el espíritu ascético de muchas órdenes religiosas.
  • Ofrecer en sus personajes infinita serenidad y paz interior, algo que sería la meta de muchos iniciados en la vida monástica. Se trataba de llegar a un estado superior del alma no tanto por las capacidades intelectuales, sino por la modestia y la sencillez -que no simpleza- de las actitudes.
  • Su realismo y naturalismo fija definitivamente el estilo de la escuela de pintura sevillana. Iniciado este camino por el padre Roelas, la observación de la realidad es clave en la obra de Zurbarán.
  • Derivado de lo anterior, la luz será de corte tenebrista, con fuertes contrastes orientados a reforzar el sentimiento místico.
  • Al efecto lumínico se añade la «vida de las telas» de Zurbarán, con pinturas basadas en texturas vibrantes y moduladas.
  • Las composiciones geométricas, que fascinaron a las Vanguardias de principios del siglo XX, nos hablan de equilibrios y volúmenes esculturales, siempre tratados de manera estática, pétrea y solemne.

Mi cuadro preferido de Zurbarán, que recoge todo lo dicho anteriormente, es San Serapio, obra firmada y fechada en 1628, destinada en su momento -junto con San Carmelo– para la «sala de profundis» del antiguo convento de la Merced Calzada -hoy Museo de Bellas Artes de Sevilla-. Expoliado por las tropas de Napoleón, hoy día se conserva en el Wadsworth Atheneum de Harford, Connecticut (Estados Unidos).

Recreación del marco y contexto original de las obras de Zurbarán San Carmelo y San Serapio, realizadas en 1638 para la «sala de profundis» del antiguo convento de la Merced Calzada de Sevilla. NOTA: imagen tomada de la gran obra de Enrique Valdivieso y Gonzalo Martínez del Valle titulada Recuperación visual del patrimonio perdido, editada en 2012 por la Universidad de Sevilla (página 107).

¿Cómo no conmoverse con el San Serapio de Zurbarán? El santo se nos presenta ya fallecido, torturado -fue martirizado por los piratas sarracenos en 1240-, vaciado de vísceras y sangre, colgado tras el martirio. Sin embargo, ni una gota de sangre; ningún atisbo de violencia gratuita. Por el contrario, se revela honda espiritualidad y una vida ejemplar, tal como correspondía a la misión de esta orden religiosa, que no era otra que el rescate de cautivos cristianos.

Pero, personalmente, lo que me fascina de este cuadro es el juego de formas y volúmenes, los efectos de la luz, y, especialmente, la infinita belleza del hábito del santo, con un blanco luminoso, con texturas que parecen palparse, con pliegues esculturales que juegan con la luz y las formas. Hagan una prueba; realicen un zoom a la imagen para contemplar y sentir la belleza de la tela. Es pura contemporaneidad. Lo dicho: gracias, maestro, por tu obra.

NOTA: si la Covid-19 lo permite, para 2021 realizaremos la Ruta de Zurbarán en Sevilla. Ya está diseñada.

Francisco de Zurbarán, San Serapio, 1628. Óleo sobre lienzo, 120 x 103 cm. Wadsworth Atheneum de harford, Connecticut (Estados Unidos)

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