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La poética de la luz: Navidad de Murillo

Pocos cuadros suscitan tanta emoción como el que lleva por título Adoración de los pastores, realizado entre los años 1668 y 1669 por Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) para el convento de los Capuchinos de Sevilla, hoy depositado en el Museo de Bellas Artes de la capital andaluza. La obra estaba situada en la tercera capilla de la nave de la derecha en la iglesia del convento sevillano, un lienzo-altar que formaba parte de un programa iconográfico completo al servicio de esta orden de raíz franciscana, discurso pictórico que merece una publicación específica.

El tema central de esta obra es nada más y nada menos que el Nacimiento del Mesías, acontecido en un establo de Belén y en un momento clave del Cristianismo como es la Nochebuena o noche del 24 de diciembre, inicio de nuestra Era. La noticia de la buena nueva llega a los lugareños, en su mayoría pastores, que se acercan al lugar para rendir su amor y pleitesía ante el Redentor, una escena frecuentemente representada a lo largo de la Historia del Arte en la que Jesús se rodea de María y José, protagonistas de un pesebre que cuenta con un buey y una mula, todo ello alumbrado con la luz celestial que anuncian los ángeles.

Esta obra de Murillo es una de las más atractivas del conjunto capuchino, tanto por su composición plenamente barroca, como como por el armonioso efecto de contraluces que se crea en un espacio fracturado en dos partes, una superior y otra inferior -metáfora de la esfera celestial y terrestre, muy presente en la tradición sevillana-, aunque en Murillo todo el conjunto visualmente resulta armónico y unificado gracias a los magistrales efectos que crea el pintor gracias a la luz. Dejen que esta luz nos guíe en el cuadro, un itinerario que pueden seguir a modo de viaje ¿Me acompañan?

Bartolomé Esteban Murillo, Adoración de los pastores, 1668-1669. Óleo sobre lienzo, 290 x 191,5 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla

Nuestra primera parada en el viaje de la luz lo constituye la clara noche, de cielos estrellados y ecos de Luna, una Nochebuena de dominantes colores azulados y violáceos. Esta claridad nocturna penetra magistralmente desde la parte superior izquierda del cuadro, desde las aperturas de un pesebre que permanece sutilmente en penumbra, para iluminar al Redentor, protagonista absoluto de la hora más cristiana. Murillo ha creado una diagonal barroca -ver flecha amarilla gruesa de la imagen inferior-, que rompe el estatismo de la fractura espacial entre lo celeste y lo terrestre -línea blanca discontinua-.

La segunda parada es la luz emitida -¡qué bella metáfora!- por el Niño Dios, que refleja y amplifica la recibida desde la bóveda celeste -flechas amarillas continuas-. La primera figura en recibir la luz divina es María, que, sentada, sostiene al Niño de manera muy naturalista y se encuentra vestida con los preceptivos azul y rojo; su radiante cara de nácar y refinado rostro anuncia ya estéticas propias del siglo XVIII. San José sólo recibe lejanos reflejos al permanecer de pie y en un segundo plano, tal como es también preceptivo, dado el papel más secundario que se le asigna.

La tercera parada de esta luz relejada por el Niño Dios tiene diversas direcciones físicas y simbólicas, al tener como protagonistas a los pastores que acaban de llegar al pesebre para ofrecer los presentes -flechas amarillas discontinuas-. Se trata de una metáfora referida a las tres «edades del hombre» y el ciclo de la vida -círculos rojos-, una luz que de forma directa o con sombras realza las siguientes fases de la vida:

  • La niñez: el personaje de corta edad, con una gallina en las manos y junto a su madre -esta última con una cesta y pecho nutricio prominente, tal como podría ser el de cualquier sevillana joven de la época-, recibe la luz de forma oblicua e indirecta. Cabe destacar que esta pequeña escena materno filial es realmente un cuadro dentro de un cuadro -rectángulo blanco-, trazado por Murillo desde postulados completamente naturalistas, con citas tomadas de la vida cotidiana, un ejercicio del pintor destinado a humanizar lo divino y divinizar lo humano. Todo ello en el contexto de una pintura en la que domina un lenguaje emotivo dirigido al corazón de la devoción popular, que huye de los artificios intelectuales exigidos por otro tipo de público.
  • La madurez: un soberbio contraluz define los perfiles del hombre que se arrodilla ante el Redentor, poseedor de barba incipiente, tez morena y abundante bigote. Sus manos son una obra de arte y el cordero que le acompaña también posee connotaciones simbólicas ligadas al Agnus Dei.
  • La vejez: sobrecoge cómo la luz permite observar cada uno de los rasgos de este pastor con manos cruzadas sobre el pecho, un gesto de respeto y amor de este representante del ocaso del tiempo, un venerable hombre con arrugas y barba blanca; en su rostro se expresa cada vivencia, cada gesto, cada trazo de vida.

El resto del espacio queda definido también por la luz. Así, la penumbra no esconde el pie escorzado del pastor arrodillado a la izquierda del cuadro; tampoco esconde el escalón en el que se apoyan los ropajes de María en la parte derecha inferior de la obra, un recuso murillesco para que el espectador entre visualmente en el ilusorio espacio tridimensional.

Por otro lado, la tenue luz de la parte superior derecha, que sutilmente entra desde la rota techumbre del establo, permite también observar en penumbra a los animales del pesebre, en un espacio donde dominan los colores ocres, pardos y austeros, propios de la humilde escena que se representa. Con una aplicación del color de manera rápida y empastada, Murillo consigue a su vez una sensación atmosférica difícilmente superable.

Por último, cabe desacar que el conjunto queda marcado también por el rompimiento de gloria de la parte superior -óvalo blanco-, protagonizado, a modo de torbellino en movimiento, por dos dinámicos querubines, inevitable homenaje lumínico de Murillo a la infancia.

Magistral. Divino. Único. Bartolomé Esteban Murillo. Les dejo con su obra interpretada por este que escribe, que aún recuerda las visitas que realizaba con una tableta en su mano al Museo de Bellas Artes de Sevilla en tiempos felices pre-Covid. Vayan al Museo. Disfruten de esta obra maestra.

Poética de la luz en la Adoración de los pastores de Murillo. Interpretación de César López Gómez

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