José María López Mezquita, «Patio de los Arrayanes», 1904

Si hay un cuadro emblemático en relación con la pintura realizada sobre la Alhambra de Granada desde miradas luministas y modernas, este es el Patio de los Arrayanes, obra de José María López Mezquita (1883 – 1954) creada en 1904. El pintor escruta la belleza de la luz en esta obra relacionada con Sorolla, donde el artista ha elegido un encuadre nada clásico y singular, muy propio de tendencias naturalistas, con el fin de explorar en todas direcciones los reflejos del agua.

El cuadro realza uno de los lugares más emblemáticos de la Alhambra: el Patio de los Arrayanes, ejemplo máximo de los jardines de agua nazaríes, donde una rectangular alberca preside el espacio con sus innumerables reflejos. Se trata de un entorno protegido, embellecido por la arquitectura –en este caso realzado por la presencia de la geométrica Torre de Comares-, regado a modo de oasis, con vegetación doméstica propia de la huerta mediterránea y, además, de carácter geométrico y ordenado.

La filosofía del jardín islámico está muy presente a la hora de disfrutar de espacios como el Patio de los Arrayanes. En este sentido, un medio hostil -en el Mediterráneo de carácter árido y escaso en recursos cuando hay ausencia de agua- se transforma en un vergel con la existencia del líquido elemento. La construcción de una tapia o muro delimita un espacio ordenado, protegido, regado y productivo: ha nacido una huerta-jardín concebida como paraíso.

El Paraíso en la cultura mediterránea es una huerta, cuya belleza y frutos son el regalo de los dioses. Adán y Eva disfrutaron de este vergel; el pecado los condenó a deambular entre una naturaleza hostil, al hombre a trabajar “con el sudor de tu frente” y a la mujer a “parir con dolor”. El recuerdo de este paraíso originario está siempre en el origen y espíritu de los primeros jardines mediterráneos. Y la tapia, cerca o muro es un elemento indispensable a la hora de acotar un vergel y protegerlo de un medio hostil. La tradición islámica sublima este concepto de paraíso mediante el diseño de jardines protegidos en los que los elementos clave son los siguientes:

  • Piedra: la arquitectura protege y embellece el jardín. Muros, pabellones, arcos, galerías… forman parte indisoluble del jardín mediterráneo.
  • Agua: indispensable para la vida, se presenta en sonoras acequias en la que puede escucharse “el rumor del agua” o en bellos estanques cuyos reflejos “traen el cielo al suelo”.
  • Vegetación: dominan las especies de la huerta y los frutales, cuyo tamaño permite disfrutar de la arquitectura de estos jardines íntimos. Al margen de esto, los olores y sabores de sus flores y frutas constituyen un deleite para los sentidos y, sobre todo, evocan el primer paraíso en la Tierra.
  • Orden y geometría: la optimización del riego exige máximo orden en la planificación del espacio, una geometría que se transforma en belleza matemática cuando el jardín se transforma en un crucero centrado por una fuente o dispone sus arriates en torno a un estanque longitudinal.

Fuera del Patio de los Arrayanes, fuera de este mundo ordenado y geométrico, amurallado y protegido, regado por el agua y poblado de especies hortícolas, se encuentra el caos, la naturaleza indómita y feraz, la aridez y la sequía, la inseguridad y las tierras ajenas al paraíso. López Mezquita nos revela a la perfección todo esta belleza, esta protección, estos reflejos…

José María López Mezquita, Patio de los Arrayanes, 1904. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes de Granada.

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