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Ingmar Bergman, «El séptimo sello», 1957

Si hay una escena cinematográfica que siempre tendré en mi memoria, con permiso del famoso y surrealista corte ocular de «Un perro andaluz» (Luis Buñuel, 1929), es sin duda alguna la partida de ajedrez que un cruzado medieval sostiene con la mismísima Muerte, toda una romántica metáfora del destino y el sentido de la vida. Dicha escena es pieza central de la película dirigida por Ingmar Bergman en 1957 y titulada «El séptimo sello», cuyo argumento se desarrolla en la Europa del siglo XIV.

El caballero Antonius Blovk, acompañado de su leal escudero, vuelve a su Suecia natal procedente de Tierra Santa, donde ha librado inútiles batallas como cruzado, recorriendo en este caso una Europa asolada por la Peste Negra de 1348. En el camino la Muerte se presenta y reclama para sí al caballero sueco, un hombre atormentado que solicita a la Parca una partida de ajedrez que permita prolongar su vida y así poder resolver dudas que angustian su existencia. Con el telón de fondo de este duelo, la película de Bergman dibuja distintos planteamientos filosóficos, habla de la finitud del tiempo o el miedo al final de los tiempos, retrata el dominio apocalíptico de la religión y evoca las pequeñas -y a la vez grandes- cosas que pueden dar sentido a la vida.

Cuelgo en el Blog un punto clave de la película: el tormento interior del que quiere creer en Dios y no puede, el dolor intelectual del que no encuentra sentido a la vida, la angustia del que necesita una prórroga vital ante la llegada de lo inevitable. Os dejo por ello con esta impresionante confesión de Antonius Blovk con la Muerte en el «El séptimo sello».

Todos jugaremos algún día esta partida. «El septimo sello», obra maestra de Ingmar Bergman (1957)

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